CESARE DEVE MORIRE

JUAN ANTONIO NAVARRO | 26 DE NOVIEMBRE DE 2012 | ACTUALIDAD

César debe morir. / GOLEM.


Sobre el escenario de una cárcel italiana, Marco Junio Bruto pide a sus hombres que acaben con su vida antes de que el ejército de Octavio y Marco Antonio le encuentren y ejecuten en venganza por el asesinato del César. El blanco y el negro se hacen con la pantalla y retrocedemos seis meses. Los presos de máxima seguridad de la penitenciaría de Rebibbia preparan la obra Julio César bajo las órdenes del director de teatro Fabio Cavalli.

César debe morir es una película donde ficción y realidad, fúnebre realidad, se confunden e influencian de una manera especial. En palabras de Paolo Taviani, director junto a su hermano Vittorio: "Todo en esta película es verdad y falso". El blanco y negro es un intento por desdramatizar la situación de unos actores que no son actores. Que sí son asesinos, traficantes de droga e integrantes del crimen organizado.

Una violación de la realidad que consigue hacer olvidar al espectador que está viendo una película grabada en una prisión, con toda la presión emocional que rodea un lugar así, para sumergirle en la historia de unos actores amateurs que conducen a Shakespeare hacia sí a través de sus dialectos maternos. Lo interiorizan. Les rescata del tedio de las incontables horas mirando al techo en la cama de sus celdas.

El único defecto de este filme italiano es la forzada conexión del texto de Julio César con la complicada existencia de los presos-actores. Son emociones implícitas a las que le sobran las alusiones directas para ser reconocidas. Las imágenes hablan. Las magníficas escenas de los reclusos ensayando el guión en sus propias celdas son la prueba fiel del contraste entre el libre albedrío del actor y el encierro del preso. Sobran las secuencias dramáticas de los protagonistas ensimismados por la visita de un familiar o enfadados por el recuerdo de un episodio traumático del pasado. El drama es la misma historia. No necesitaba aditivos.

Pero la genialidad de esta película, que su director enmarca dentro del renacimiento del cine italiano, consiste en la propia obra que se interpreta dentro de ella. La manera en que estos actores noveles hacen suyo a César (imponente es la palabra que mejor define la actuación y el porte de Giovanni), a Bruto (maravillosa interpretación que ha llevado a Salvatore Striano a dedicarse al cine tras salir de la prisión de Rebibbia gracias a una amnistía) o a Marco Antonio en una historia de tragedia y honor que debe resultarles familiar.

Es interesante imaginar la manera en que los hermanos Taviani han tenido que administrar esa doble relación con los actores: la relación director-actor y la relación ciudadano libre y presidiario. El propio Paolo reconoce que durante el rodaje se vivieron instantes de verdadera tensión. Cuenta el italiano que durante la escena del asesinato de Julio César le pidió a los actores que excavasen dentro de ellos mismos para sacar el instinto asesino y que inmediatamente después de decirlo tomó constancia de lo que acababa de decir. Es fascinante.

Y tras meses de preparación por los patios de la cárcel comprimidos en una hora, la película recupera el color para volver a mostrar la representación de la escena final de Julio César. El público del teatro de la Rebibbia aplaude la adaptación shakesperiana. Un poco más afuera, tras la pantalla, público y crítica aplaudimos esta arriesgada y lograda docuficción, justa ganadora del Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín.

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