CLÁSICOS INTERSUBJETIVOS DE LA LITERATURA

JUAN ANTONIO NAVARRO | 12 DE DICIEMBRE DE 2013 | REPORTAJE

Oscar Wilde autor de El retrato de Dorian Grey un clásico de la literatura universal. / AM.

Para escribir sobre clásicos de la literatura universal hay que tener en cuenta una diferenciación muy importante. En el imaginario popular conviven una serie de títulos que acuden a nuestra mente cuando pensamos en los libros más relevantes de la historia. Esto se debe a que la Historia de la Literatura, basándose en análisis cuasicientíficos, objetivos y a posteriori (lo que proporciona un margen de perspectiva muy enriquecedor) los ha encumbrado como obras artísticas e ineludiblemente sobresalientes tras décadas de observación.

La objetividad es un anhelo utópico, pero este estudio se sustenta sobre una especie de axioma de intersubjetividad de la medida, que viene a decir que aunque diferentes observadores puedan llegar a medidas distintas sobre una misma realidad objetiva, todas ellas son relacionables mediante reglas generales. Esos libros son y serán justos integrantes de la mayoría de catálogos sobre novelas imprescindibles.

Pero la crítica literaria es distinta. Su análisis adolece de coetáneo a la obra en cuestión, por lo que se aleja todavía más de la neutralidad y de la óptica necesarias para ser totalmente justa. Debido a eso, los libros que voy a tratar a continuación han sido seleccionados a través de ambos criterios. Obras de reconocido prestigio y de una influencia incuestionables no solo sobre el resto de cimientos de la literatura y del arte en general, sino sobre la propia realidad de su tiempo y la actual. Pero al mismo tiempo, tres novelas que quien redacta esto, entre esa inabarcable colección de tesoros, guarda en su recuerdo con infinito agradecimiento por su particular conexión con ellos.

Los Miserables

Desde el año 1832, en la Places des Vogues situada en el barrio parisino de Le Marais, vivió y pensó el político y escritor Víctor Marie Hugo. Es harta conocida la costumbre del novelista francés por escribir de pie, pero no es hasta que uno visita la que fue su casa y examina el alto mueble con la pluma donde trabaja cuando comprende la dolorosa dedicación que tuvo que emplear para dar a luz Los Miserables (1862).

La obra es tan extensa como profunda. Una visión activa y romántica de los infelices que sobreviven como pueden, pero especialmente iluminada en torno a Jean Valjean. La gran virtud de Les misérables es la capacidad de desarrollar la vida interna de sus personajes a través de la propia historia. Y como en toda obra romántica, los individuos pueden reducirse a conceptos complejos alrededor de los cuales rota su existencia, lo cual no significa que sean personajes planos y arquetípicos.

En este sentido, por ejemplo, Javert es la justicia personificada, la fe ciega en la ley como argumento vital, lo que se traduce como el cuestionamiento del autor acerca de las normas vigentes. Thenardier es la pura maldad, en una prolongación del planteamiento bien y mal que Hugo expone. Jean Valjean, la propia miseria. Es una obra, como la gran mayoría de obras de Víctor Hugo, cuya genialidad reside en la sorprendente conexión de todos y cada uno de estos seres-concepto a través de los sucesos, como una luz que apareciese cada cierto tiempo para iluminar los vínculos que mantienen unidos a todos los desgraciados del mundo. Y sobre todo, una cueva literaria donde el perdón y la paz interior se persiguen y descubren.

A vista de pájaro, Los Miserables representan esa tragedia del pueblo pobre y subyugado que se ve alumbrado por los pequeños instantes de goce y triunfo. "La vida, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes; héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres." Los Miserables deja una huella en lo más frágil del lector que al cabo de un tiempo, cuando el recuerdo de los hechos se disipa, solo queda ese sentimiento intrasladable. Y una frase que retumba en la mente de por vida: "Nada importa morir, pero no vivir es horrible."

Crimen y Castigo

Vuelvo a aludir a los criterios de selección porque Crimen y castigo no es, probablemente, la mejor novela de Fiodor Dostoievski. La crítica coincide en reconocer ese honor a Los hermanos Karamázov, la culminación del pensamiento fundamental del novelista ruso. Pero Crimen y castigo es sin duda de los relatos que más y con más acierto han profundizado en la condición humana.

La historia de Crimen y castigo trata sobre el asesinato de una vieja usurera sin escrúpulos y su hermana (en este caso como efecto colateral del crimen) por parte del pobre estudiante Raskolnikov, que necesita el dinero para evitar que su madre contraiga un matrimonio de conveniencia. Pero los hechos en esta novela son, por decirlo de alguna manera, una dimensión necesaria pero secundaria cuya principal misión es la de ser la semilla de la verdadera historia, que tiene lugar en la mente de Raskolnikov.

En Crimen y castigo es tanto o más significativo lo que ocurre como lo que no ocurre, las palabras que se hablan como aquellas que permanecen en el aire en un juego de intuiciones y secretos que gritan por ser libres bajo la presión del remordimiento y tal vez la vanidad. Las conversaciones entre Raskolnikov y el inspector de policía que investiga el crimen son considerados uno de los momentos cúspide la literatura universal.

El castigo goza de una doble interpretación. Es la pena legal derivada del delito y de la que el protagonista huye, pero sobre todo, es la pena psicológica que devora a Raskolnikov hasta la fiebre a pesar de su inicial autojustificación moral del asesinato: él entiende que la sociedad se halla dividida en dos tipos de seres humanos, aquellos superiores que tienen derecho a cometer crímenes por el bienestar de la sociedad y aquellos inferiores que deben estar sometidos a las leyes. Hasta que se siente invadido por el pesar y comprende que no forma parte de esos superhombres nichianos.

“Nosotros nos representamos siempre la eternidad como una idea que no podemos comprender, ¡inmensa, inmensa! Pero, ¿Por qué ha de ser así necesariamente? Pues en lugar de eso, imagínese una habitación pequeña, como quien dice un cuarto de baño, ennegrecido por el humo, con telarañas por todos los rincones, y he ahí toda la eternidad. Mire usted, yo me la imagino así algunas veces.” Crimen y castigo es un testimonio inmenso confinado en una mente pequeña pero eterna.


El Retrato de Dorian Gray

Oscar Wilde publicó esta novela en 1890. Dorian Gray es un joven de extraordinaria belleza física que está siendo inmortalizado en un retrato por Basil Hallward. Mientras tanto, Lord Henry, amigo del pintor, carga el pensamiento de Dorian de ideas hedonistas: "lo único que vale la pena en la vida es la belleza, y la satisfacción de los sentidos". Lord Henry es un personaje de un interés enorme, que a lo largo del libro planta una infinidad de afirmaciones dignas de repensar, todas ellas surgidas sobre un terreno de cinismo e incluso nihilismo.

La determinación de sus ideas convencen a Dorian, que comienza a espantarse por el advenimiento de la vejez y la pérdida de la belleza, ahora que la ha interiorizado como el mayor tesoro posible. Por ello, Dorian envidia el cuadro donde Basil le ha retratado, su mejor obra hasta el momento, y desea un cambio de papeles donde el cuadro sufra el transcurrir de los años, y él no. "La belleza es, de las formas del genio, la más elevada, porque no tiene necesidad de ser explicada, es uno de los hechos absolutos del mundo". Un reflejo fiel de la sociedad superficial en la que se encuadra la obra.

Desde ese momento, la vanidad y arrogancia fruto del orgullo del no envejecimiento son proporcionales a las marcas que estos pecados apuntillan en el retrato, escondido celosamente por Dorian tras asesinar a su pintor, que trataba de exponerlo al público. El Retrato de Dorian Gray, con una estética y una sonoridad impecable, bebe del mito faustino, salvo que aquí el pacto con el diablo es invisible a la novela.

La vergüenza lleva a Dorian, mucho tiempo después y todavía inmaculado, a acuchillar con odio y desprecio su retrato. La policía encontraría un señor arrugado y espantoso apenas reconocible.

"La gente muere de sentido común, Dorian, con una oportunidad perdida tras otra. La vida es el presente, el futuro no existe. Haz que la vida arda siempre con la llama más intensa".

Otras recomendaciones intersubjetivas: Siddharta, de Hermen Hesse; La venganza del conde de Montecristo, de Alejandro Dumas; Rojo y negro, de Stendhal, o El paraíso de las damas, de Émile Zola o Grandes Esperanzas de Charles Dickens.

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