EL CAPITAL: DESAHUCIANDO LA ÉTICA

JUAN ANTONIO NAVARRO | 30 DE NOVIEMBRE DE 2012 | CRÍTICA

Natacha Régnier y Gad Elmaleh en una escena de la película. / EMON SAVOR.


La crisis de valores contenida en esta depresión económica que monopoliza agendas periodísticas y charlas de pasillo es, como todo, un fenómeno de acercamiento multiperspectivístico. El Capital es una película que, en teoría, lo tiene todo: una raíz polémica, un didactismo ameno e instructivo, un buen reparto personificando buenos personajes, un buen compás... ¿Cuál es la tara entonces? Haber elegido la perspectiva más conformista.

Costa Gravas ha transformado 114 minutos de metraje en un escaparate donde el ciudadano frustrado, cansado, enfadado y asustado tiene la posibilidad de reafirmarse en todos esos sentimientos. De contemplar una decadencia moral dentro del mundo de las finanzas que ya intuía de sobra sin necesidad de conocer los tecnicismos y movimientos concretos de los que se alimenta.

Y aunque este intento de llevar al espectador hasta la misma mesa donde se gestan las irresponsabilidades económicas planetarias no es en absoluto innecesario, su pasividad, privada de esperanza o atisbo de soluciones acaba convirtiéndose en resignación. "Somos esclavos del capital. Nos tambaleamos cuando se tambalea. Nos regocijamos cuando crece y triunfa. ¿Quién nos liberará? ¿Deberíamos liberarnos nosotros?". Costa Gravas lanza al aire estas preguntas y las respuestas no las encontrarás en El Capital.

Aún con todo esto es una gran película que todos deberíamos ver. No es la primera que trata la codicia y el individualismo como energía motriz del homínido trajeado. Ni la primera que alude a esa  proporcionalidad entre dinero y respeto que desemboca en el beneficio a toda costa (despidos, desahucios, suicidios). Ni la primera que aborda la bolsa, los bancos, las cotizaciones, los rumores financieros o los test de estrés.

Pero lo explícito de su mensaje consigue el efecto deseado: el espectador está más seguro que nunca de dónde está el problema. "Es un juego, a veces injusto, un poco cruel, cierto, pero un juego planetario. Nadie puede dejar de jugar". "El gobierno no se atreverá a regular". "Las grandes fortunas nacen durante la crisis". Pero la perversidad del sistema se desnuda especialmente en la escena final, elevada deliberadamente a lo grotesco por Gravas. Una mesa de directivos cincuentones riendo desproporcionadamente después de que Marc Tourneuil (Gad Elmaleh), el ambicioso protagonista de esta historia, dijera: "Seguiremos quitándole dinero a los pobres para dárselo a los ricos".

También es un buen espacio para reflexionar más allá de lo económico, lo político o lo moral. En lo vital. En ese páramo lejano para la mayoría de ciudadanos pero hogar de las élites en que la abundancia genera una avaricia que convierte al hombre en un robot jugando a ser Dios. Una película singular bien ensamblada que invita al pensamiento, que no a la acción. De eso deberá encargarse cada uno personalmente una vez haya conocido un poco mejor a Marc Tourneuil.

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