EL QUIJOTISMO PERIODÍSTICO

JUAN ANTONIO NAVARRO | 26 DE NOVIEMBRE DE 2012 | ACTUALIDAD

Los protagonistas de la serie The Newsroom. / HBO.


Es difícil escribir sobre una serie de la HBO y no desviar el discurso hacia la impagable deuda que nuestros sentidos tienen con esta cadena. La mano se rebela y propulsa las palabras hacia esa insólita lista de títulos que tanto han colmado la vida de quienes hemos tenido el placer de gozarlas. Pero The Newsroom no es Los Sopranos. No es The Wire. Tampoco Boardwalk Empire.

Su designio es desnudar el periodismo para exhibir esa maquinaria que se ha instaurado en torno a la producción de noticias y que la han desnaturalizado hasta convertirla en un fruto adulterado y contaminante. Es ficción, sí. Pero a diferencia de Los Soprano, The Wire o Boardwalk Empire, cuyos contextos gozan de una naturaleza que instala una frontera entre ficción y realidad y permite al espectador contemplar la historia desde el exterior, la esencia de The Newsroom está demasiado inmersa en nuestro día a día y en nuestro sistema mediático como para mantenerse al margen de la ficción. Como para no generar polémica.

The Newsroom gira alrededor de la redacción de Atlantis Cable News. Will McAvoy (Jeff Daniels), presentador del noticiero 'prime time' de la cadena, ha estado viviendo de su enorme prestigio y compitiendo por las cifras de audiencia a través del entretenimiento periodístico, presionado por los accionistas de su grupo mediático, mientras el verdadero periodismo se escapaba de puntillas por la puerta de atrás de los estudios bajo la consigna de no molestar a nadie y agradar a todo el mundo.

Hasta que un buen día McKenzie (Emily Mortimer), productora ejecutiva y ex novia de Will, es contratada por el director de la cadena para enderezar el rumbo de una nave y de un presentador que han olvidado deliberadamente su propósito: servir al ciudadano con un periodismo ecuánime, contrastado e independiente del poder político. Comienza entonces una restructuración del modo de trabajo de la redacción.

Un milagro inspirador cuyo grandilocuente idealismo roza a veces lo grotesco, pero regala al espectador momentos dramáticos sencillamente maravillosos. El quijotismo del perfecto periodismo se embrolla con el realismo de las historias. Nada de tramas imaginarias: la catástrofe de Fukushima, los debates electorales o la captura de Bin Laden proporcionan una dimensión de autenticidad que lógicamente, como en la vida misma, imposibilita tener a todos los barrios contentos.

A favor de la crítica está la ingenuidad de Sorkin. Su conocido democratismo, y el hecho de que Will, personaje eje de la serie, sea un severo republicano que critica con dureza las actuaciones de su propio partido huele un poco a chamusquina. Habría sido demasiado obvio crear un personaje demócrata para atacar al partido republicano. ¿Pero un republicano crítico valorando a su propio partido? Es bastante más admisible. E inocente, claro.

También da para el reproche las lagunas afectivas por resolver de y entre algunos de los protagonistas.  Es más, el sentimentalismo que Sorkin ha añadido a la serie para 'ficcionarla' es sin duda alguna el peor ingrediente de todos los que componen The Newsroom. Toda la valentía del director al embestir contra algunos sectores de la sociedad queda edulcorada por esa necesidad de añadir un exagerado humanismo a la historia, con personajes hiperbólicos que en algunos casos rozan el histerismo.

Personajes, eso sí, a los que el director ha dotado de una voz y una fuerza que a lo largo de los diez episodios de esta primera temporada ha propiciado diálogos verdaderamente vibrantes. Palabras afiladas, raudas. Mentes que piensan deprisa. Maquinan deprisa. Se equivocan y aciertan con prisa. Es periodismo, incluso en los momentos en que no están haciendo periodismo y están jugando al drama adolescente. Episodios de un ritmo brillante.

En septiembre de 2013 tendremos la ocasión de disfrutar de la segunda temporada, que versará en torno a la campaña del candidato Romney hacia la presidencia. Una nueva oportunidad de despedirse del día sintiendo que algunos periodistas mantienen ante sí el mismo e ineludible objetivo romántico de ejercer un periodismo ético indepedientemente de los obstáculos del sistema.

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