LA AUTOBIOGRAFÍA DE UNA GENERACIÓN, DE UN TIEMPO Y DE UN PAÍS

NATALIA CANO | 19 DE NOVIEMBRE DE 2012 | LIBROS

La reina de la casa de Pilar Eyre. / DESTINO.




Es un libro no apto para menores, “verde”, por utilizar una palabra hoy en desuso, trasgresor, procaz, descarado, muy informado y muy divertido. 

¡Y es que ser mujer nunca ha sido ningún chollo! La censura en los años cuarenta rebanaba los pechos de las artistas en las portadas de las revistas de cine, los tintes con olor a huevos podridos nos quemaban el pelo y nos depilábamos con piedra pómez, mientras los curas en los ejercicios espirituales nos obligaban a someternos al marido para que este no cayera en el “¡terrible pecado del onanismo!”. 

Ya lo decía Pilar Primo de Rivera: “La única misión que tienen asignadas las mujeres en las tareas de la patria es el hogar”. Un hogar con muchos niños, por supuesto, por lo que debíamos seguir los consejos del doctor Iglesias —sí, el entrañable Papuchi de Julio Iglesias—: “La cópula se ha de programar con ocho días de antelación para que el licor prolífico esté en su más alto grado de concentración  y que el sistema ginecológico de la mujer esté dispuesto”. 

Claro que aquella España que salía trastabillando de la Guerra Civil también tenía su lado oscuro: los cabarets, donde “el pecado es triste y el champagne es caro”, con una Ava Gardner que no perdonaba varón (en el libro se dan sabrosos detalles), los tablaos, donde reinaban Manolo Caracol y Lola Flores —¡el escándalo hecho pareja!— y los hoteles de lujo, donde la aristocracia franquista se entregaba a refinados juegos eróticos, depravaciones varias e incluso se adornaba con algún crimen morboso, como el de una fulana de altos vuelos, Carmen Broto, y el de un fabricante catalán al que mataron los maquis mientras se refocilaba en un prostíbulo con su sobrina de quince años. 

Mientras, la entrañable Nenuca se casaba con un marqués vestido de domador —aunque ambos tenían sus entretenimientos privados lejos del hogar conyugal—, a Camilo José Cela le pegaban una paliza en un bar “de maricas” y las mujeres escritoras eran tratadas como una anomalía  tan peculiar como la atleta María Torremadé, que en realidad era un hombre y que se fue a vivir a París bajo el nombre de Jorge. Sara Montiel se fue a Hollywood a vivir en pecado y la virginal Carmen Sevilla a Sidi-Ifni, con sus “soldaditos”. 

Porqué  ésta era la gran meta de las españolas: llegar al altar, ¡y vírgenes! “¡La impureza es una loba que no se sacia nunca!”. Por mucha yohimbina que nos echaran en los guateques, por mucho bromuro que consumieran nuestros novios en la mili, la guerra de los sexos no cesaba. ¿Qué se sabía de sexo? ¡Nada! La autora mete los dedos y les arranca a José de Vilallonga, Francisco Rabal, Camilo Sesto, Jaime de Mora y Aragón ¡y también Marujita Díaz! cómo fue su primera vez. Las chicas nos sacábamos las fajas, cambiábamos las medias por los panties, el País Vasco se llamaba Vasconia, en la tele “echaban” Reina por un día y los Beatles llegaban a nuestro país. ¡En Barcelona les dieron pa amb tomàquet y en Madrid les encasquetaron una montera de torero! ¡Siempre las dos Españas! 

Claro que no todo era jolgorio y alegría. Las señoras bien, las madres de Boyer, Carlos Zayas y Gómez Lorente, arrumbaron sus abrigos de visón para ir a ver a sus vástagos a la cárcel alternando con las madres de los quinquis y chorizos, mientras el paradigma de las pijas, Bibís Salisachs, concedía, en vísperas de casarse con Juan Antonio Samaranch, una entrevista a La Vanguardia tan atrevida que el obispo de Barcelona se negó a casarlos. 

¡Los tiempos estaban cambiando! ¡Pero si hasta el torero Luis Miguel Dominguín, íntimo de Franco, se acostaba con su sobrinita Mariví! En las “meriendas azules” de doña Carmen se comentaba el escándalo con horror, pero es que, claro, el adulterio estaba penado por la ley. Si se encontraba a los amantes in fraganti, sólo evitaban la cárcel si el marido declaraba que consentía… ¡Cuántas risotadas y gritos de “cabrón” se oyeron en nuestros juzgados! Aparecen las primeras “mujeres objeto”; ojo, he aquí como las describe Juan Luis Cebrián, malditas hemerotecas: “Siempre son gordas y bajitas, sólo esperan a su marido en casa para irse al cine del barrio”. No era el caso de Lidia Falcón ni Cristina Almeida ni Maruja Torres ni Isabel Preysler (“yo sólo era ama de casa”) ni Marta Ferrusola, que le contaron en su momento a la autora en qué consistía esto de ser mujer en aquella España que se encaminaba a pasos agigantados a la modernidad. Ahí está de notario el gran amante latino Espartaco Santoni, dando fe de la intimidad de las mujeres con las que se acostaba, desde Tita Cervera a Analía Gadé.   

¡Cuidado! ¡Los sesenta! Eyre emprende su particular cruzada contra la imagen de Concha Velasco como chica yeyé, y relata los secretos de su generación, su relación con el sexo, las drogas, el rock and roll, el Partido Comunista y los padres, con humor desmitificador y grandes dosis de valentía. Cuando en toda Europa reinaba ya la  igualdad hombre-mujer, aquí declaraban tranquilamente ante su vetusto magnetofón Manzanita, —“a veces sueño que mi mujer me engaña y me levanto y la pego”— y Fernán Gómez —“me gusta pegar a las mujeres”— y Urtain se queja del “rebaño de mujeres que me siguen”. Claro que el gran Pescaílla le declaraba modestamente que ya no movía la cola y las picaronas fans de Raphael hablaban con delectación de “un lunar que tiene en la parte baja de la espalda”. 

Nos dormíamos con El acorazado Potemkin, nos despertábamos y Franco ya se había muerto (Cayetana Alba lloraba y decía que era un gran hombre). Salían revistas de desnudos en las que se clasificaban las fotos según si iban “con felpudo o sin felpudo”, aparece el cine porno o X (en el libro se dan consejos para directores amateurs) y los sex shops nos ayudaron a distinguir un vibrador de un consolador. Se operan pechos (más consejos para distinguir los naturales de los operados), se modifican narices, la ropa interior se llena de encajes, aparecen las compresas primero, los Tampax después, la píldora anticonceptiva y la depilación integral. Claro que algo no acaba de funcionar cuando mujeres de bandera como Massiel, Lina Morgan, María Asquerino e incluso Rocío Jurado le dicen por aquel entonces a la autora que los hombres tampoco son para tanto. No nos extraña si escuchamos al cantaor El Cabrero opinando que “hay que tener a las mujeres siempre preñadas, no puedes mantener a un animal sin ponerlo a trabajar” o al mismísimo José Sacristán, ¡el símbolo de la transición!, confesándole en aquellos momentos delicados a la periodista que le gustaban las mujeres poco hechas. “¡vuelta y vuelta!”.  Sí, otra vez de nuevo, ¡todos juntos!: ¡Malditas hemerotecas! 

Entonces se desnudó Marisol para Interviú, de la cabeza a los pies, y nada volvió a ser lo mismo. 

Eyre termina con cuatro historias reales de amor y sexo, potentes, audaces, ¡al límite!, que nos harán reír y llorar. Como todo el libro. Como la vida misma.   

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