ENTRE MOBY DICK Y UN VIEJO PESCADOR CUBANO

JUAN ANTONIO NAVARRO | 17 DE DICIEMBRE DE 2012 | REPORTAJE

Herman Melville escribió Moby Dick en 1851.



Escribir sobre la novela en su conjunto de un país es un ejercicio en ocasiones frustrante. No solo por la necesaria pero molesta exclusión de tantísimos novelistas que no serán siquiera mencionados, sino también por el basto silencio alrededor de otros géneros como la poesía o el teatro con los que la novela mantiene una retroalimentación de influencias. Alrededor por ejemplo de la obra de Walt Whitman o de la obra de T. S. Eliot, sin las que no se entiende mucho de lo concebido posteriormente en la prosa de ficción estadounidense.

El mismísimo Edgar Allan Poe y su tétrico edificio literario quedan descartados de este artículo a pesar de ser una de las crestas de la prosa universal gracias, entre demasiadas razones, a la invención del relato detectivesco, cuyas historias eran concebidas por Poe desde el desenlace, a partir del cual iba esbozando hacia atrás, hacia el principio, los pasos que habían hecho desembocar la trama hasta ese punto. Pero eran cuentos. Como novelista solo escribió La narración de Arthur Gordon Pym, una obra sobre aventuras marinas inspirada en leyendas como el Holandés Errante y en los escritos del inglés Daniel Defoe, autor de Robinson Crusoe. Un trabajo turbio, terriblemente simbólico y de indescifrable final muy valorado por los surrealistas.

Trece años después, con el agua salada hasta en las tíldes, Herman Melville publicaba Moby-Dick, inspirada en los largos viajes a través del mundo que su acomodada situación económica le permitía, especialmente la travesía al bordo del ballenero Acushnet. Una épica nutrida de dos casos reales: la existencia de una ballena albina en el siglo XIX bautizada como Mocha Dick y la historia de Essex, un ballenero que fue atacado por un cachalote. De otra de sus extravagentes aventuras, la convivencia durante un mes con una tribu caníval, nacía su novela Typee, un edén caníval. Además de Omoo, Mardi o Redburn.

Todas ellas impregnadas de alegorías acerca del multiformismo con el que el mal se presenta ante y entre nosotros desde un punto de vista psicológico y metafísico."Los buitres del mar, en la piadosa mañana, y los tiburones, todos de riguroso negro. En vida, pocos de ellos habrían ayudado a la ballena si por ventura ésta los hubiera necesitado, pero al banquete de su funeral acuden todos".

Paralelamente a los cetáceos y arpones de Melville, el carismático y omniquerido Mark Twain, calificado por Faulker como el padre de la literatura norteamericana, andaba destripando con ácido humor la doblez y crueldad humana y social. Desenvuelto orador, el lenguaje literario del también periodista Twain es una transposición de la palabra hablada que se traducía en un lenguaje identificatorio de los estadounidenses, siguiendo esa idea de la literatura como acto de patria, de desentendimiento de las influencias europeas.

El éxito le llegaría con la publicación de Las aventuras de Tom Sawyer, inspirada en su niñez, pero sobre todo con Las aventuras de Huckleberry Finn, para los teóricos el inicio de la llamada "Gran Novela Norteamericana" junto a Moby Dick. Menos exitosa, más bien un fracaso, fue El príncipe y el mendigo, una novela crítica muy interesante en la que un príncipe y un mendigo nacidos el mismo día y físicamente idénticos intercambian sus posiciones sociales. No es su única obra de ficción histórica. Le acompaña Un yanqui en la corte del Rey Arturo, donde ridiculiza las normas políticas y sociales establecidas. "El banquero es un señor que nos presta el paraguas cuando hay sol y nos lo exige cuando empieza a llover".

De la crítica social de Twain viajamos hasta el desengaño social del estadounidense medio de la década del jazz y la primera gran guerra, los años veinte. El desconcierto ante la imposición del materialismo como forma de vida y la incomprensión de una guerra cruel e inútil moldean las ideas de una excelente generación de literatos de la que Scott Fitzgerald era cabeza de cartel, la Generación Perdida.

Su gran obra, El gran Gatsby, desnudaba a una sociedad aparentemente democrática en su creciente ocio pero profundamente desgual en sus raíces, en un contexto de especulación y malas prácticas financieras que anticipaban el famoso Crack del 29, que daría lugar a la Gran Depresión. Sus otras novelas: A este lado del paraíso, su primera obra; Hermosos y malditos; la oscura Suave es la noche; y El último magnate. "Una generación nueva, que se dedica más que la última a temer a la pobreza y a adorar el éxito; crece para encontrar muertos a todos los dioses, tiene hechas todas las guerras y debilitadas todas las creencias del hombre."

En los mismos ambientes de vanguardia parisinos que Fitzgerald rondaba Ernest Hemingway, quien junto a Faulkner, Steinbeck y Dos Passos completaba la lista de los escritores perdidos. Tras un periodo de intenso individualismo culminado en fracaso se comprometía con la lucha colectiva. La prueba, Por quien doblan las campanas, obra maestra de la literatura universal donde Hemingway se consagraba moralmente con el bando republicano en la Guerra Civil española.

Doce años después y tras veinte años viviendo en Cuba, publicaba una aparentemente sencilla historia sobre un pescador de avanzada edad en horas bajas que sale al mar con el fin de romper su mala racha, y que le valdría nada más y nada menos que el Premio Nobel de Literatura. El viejo y el mar es una novela obligatoria, sin discusión alguna, de este escritor alcohólico y aventurero muerto a causa de un autodisparo accidental pero cuya sombra jamás se extinguirá. "El hombre no está hecho para la derrota; un hombre puede ser destruido pero no derrotado."

© 2013 äll magazine spain . All rights reserved.
Designed by SpicyTricks