NAPOLEÓN MACCHIATO

JUAN ANTONIO NAVARRO | 03 DE DICIEMBRE DE 2012 | CRÓNICA

Napoleón Solo en la actuación del pasado viernes en la sala El Sol. / CLAUDIA CABRERA.



El viernes fue un día de frialdad, de caminar deprisa para alcanzar cuanto antes cualquier guarida en la que encontrar cobijo y recuperar el color grana de las mejillas. Por ello y por mi despiste acerca de la hora de inicio del concierto de Napoleón Solo,  llegué al local El Sol cuarenta minutos antes de que la sala abriese. Un grupo de apenas seis o siete personas esperando en la puerta despertó mis sospechas. Tardé unos segundos en reconocer a Alonso Díaz, compositor y vocalista, y varios más en constatar que toda la banda estaba presente, bien abrigados. Me acerqué a saludarles y Alonso me sacó del error: el concierto no empezaba hasta las diez. Tras un breve intercambio de frases se despidió: "Vamos a ir a comer algo ahí atrás que hace demasiado frío aquí fuera. Nos vemos luego".

El aspecto externo gris e insulso de El Sol no hace justicia a una interior rojo teatral tan cuidadosamente dispuesto. Su principal atractivo, además de unos cómodos sillones al fondo desde donde disfrutar del show al estilo 'soft', es un escenario prácticamente a ras del suelo, separado del resto de la sala por tan solo tres escalones muy discretos. El concepto cercanía y cara a cara en todo su esplendor. Metro y medio de sonido entre músicos y oídos.

Cuando los teloneros de los granadinos el viernes tocaban canciones de sus dos álbumes, Entusiasmo y Lugar Nuevo, la sala aún estaba lejos de las trescientas personas que Napoleón Solo había presagiado y anhelado en la entrevista que le hicimos la semana pasada. Pero unas sesenta o setenta eran más de lo que Tortel, cantante de voz atractiva y sonidos vitales, suponía mientras esperaba en el backstage el momento de salir a calentar el ambiente. "Creíamos que no habría nadie así que muchas gracias".

Tras hablarnos de tres mendigos, presentarnos a Jordi y su violín el día de su cumpleaños y sorprender con un sonido más escrupuloso del que vaticinaban los primeros temas del setlist, abandonaron el miniescenario mientras la sala continuaba llenándose. Unas cientocincuenta a ojo de mal contador.

Sobre las once y media hicieron acto de presencia las inconfundibles melenas de Napoleón Solo bajo un recibimiento agradable pero calmado. Nada de gritos. Un "Adiós" como bienvenida que gana cuerpo en vivo. Pero no solo gana la canción, canciones más adelante. También la voz de Alonso, voz con la que muchos grupos querrían contar, suena más soberana, más evadida, independizada de los ornamentos instrumentales que la camuflan en el sonido de estudio. Más dueña y señora del interés.

Pero a grosso modo, Napoleón Solo es uno de esos grupos que funcionan mejor en directo que en los altavoces de casa. Los matices de su música son más distinguibles, más vigentes, más opulentos. Se confirmó en "Sueña conmigo" y "No puedo disfrutar", tras lo cual Alonso, espontáneo, lanzó un fuerte chillido sin sentido que atrajo completamente la atención de los oyentes. Tal vez la de toda la Calle de los Jardines y parte de la Montera. Con esa voz quién sabe. "Y si el mundo se está acabando, vamos a tocarle 'Y si el mundo no se acaba'. Una cosa no quita la otra'".

Con "De noche" y "El intercambio" retrocedí dos semanas hasta la Fontana de Oro con Davile Matellán y su "mundo de la gominola". La idea cobró vida sensorial y lo ví claro. "Esta es la parte feliz del concierto. Muy feliz. Luego vendrá una parte más 'oscurilla'. Y después una última muy rara", decía Alonso riendo justo antes comenzar a tocar "Ramira". "Esta canción va dedicada a toda mujer que se sienta un poco Ramira". Ola happy en El Sol.

José Ubago, el bajista, fue el único en atreverse a tomar el micro y robarle el protagonismo a Alonso durante unos segundos. "Si en Madrid nos queréis es como si nos quisieran en el mundo entero". Hasta ese momento no me había percatado del precioso bajo que portaba esa noche, estilo ranchero de Misuri. Mientras tanto, en su propio universo, el batería, Luismi Jiménez, vivía el concierto con el triple de intensidad que el resto de napoleones.

Pusieron "Sonrisa de ganador" e hicieron "Dibujos" sobre un lienzo de, ahora sí, unas trescientas personas, entre las que destacaba una primera fila compuesta de fieles seguidoras bailongas y nuestra retratista particular. "Una canción con la que llevamos mucho tiempo. Cuando estamos solos nunca la tocamos. Pero no nos cansamos de entregarosla a vosotros".

"Ahora van a suceder otras cosas" fue la forma que tuvo Alonso de introducirnos en esa ración de oscuridad que nos había prometido un rato antes. Melodías 'avideojuegadas' revoloteando a "Perdiendo el tiempo" y "Esto tiene que acabar". Ligera supremacía del instrumento sobre la voz.

Seguidamente Napoleón Solo se escondió tras el decorado para ese ritual preestablecido y omnipresente del bis, momento que parte del público de las primeras dos filas aprovechó para asomarse al escenario en un ejercicio de torcimiento 'cuellil' con el objetivo de autospoilearse el setlist que aún quedaba por llegar. Un intento, muy probablemente, de comprobar o lamentar la presencia o ausencia del tema más famoso de los napoleónicos granadinos, "Lolaila Carmona". Sí llegaría, pero más adelante.

"¿Quién estuvo aquí en El Sol la última vez que vinimos a tocar y estuvimos tan solo treinta minutos antes de irnos? Lo siento mucho, pero entonces no teníamos más canciones". Con la publicación de Chica Disco, su hermano pequeño En la ópera ha encontrado un buen compañero de fiesta con el que colmar las ansias del público.

De esta región sombría que Alonso anticipaba sobresalió más que nunca la contribución del Apple que manejaba Miguel Díaz, quien por cierto, también cumplía años esa velada entre "Badidibú" y "Sospecho sospecho".

Por último llegaría la exótica isla de rarezas que cerraba la actuación. La ubico a partir de la 'desagradable' "Lolaila Carmona", como ellos mismos la calificaban para All Magazine, pero tal vez no estuvieran de acuerdo en su emplazamiento geográfico dentro del agradable país musical de la velada. Eso sí, con un runrún más sucio que en el disco.

"Antes de que ocurriera" y una última "Historias" anecdótica: "El gobierno nos ha cortado subvenciones y no podemos traer el acordeón, así que haced la melodía vosotros, ¡pero donde no pegue no meteros!". Y así, entre la voz de nadie y de todos, Napoleón dejó de estar solo por unos minutos para mezclarse con el irregular y espumoso cantar macchiato del resto de la sala.

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