ROMANTICISTA, QUE NO ROMÁNTICA

JUAN ANTONIO NAVARRO | 18 DE DICIEMBRE DE 2012 | VIAJES

Vista de la Torre Eiffel con su tiovivo. / CLAUDIA CABRERA.




La historia de Europa es tan profunda, tan trágica, tan culta, que sus ciudades predilectas son de por sí la propia naturaleza. No es que en Europa no haya montañas, lagos o bosques maravillosos. Sino que su arquitectura y su largo pasado han llegado a formar parte del entorno como los propios árboles que la habitan. Roma, Londres o Madrid son a Europa lo que las cataratas del Niágara a América del Norte o el Himalaya a Asia. Cualquiera diría que nunca fueron construidas. Simplemente están ahí.

París es la ciudad idealizada por excelencia. Marcada por la bohemia de tiempos pasados en los que Hemingway, Joyce, Kandisky o Picasso bebían de sus copas, Montparnasse acunaba el surrealismo de entreguerras o el Barrio Latino presenciaba el Mayo del 68, la imagen de ciudad roja y mágica ha rebosado lo bohemio, que mezcla tragedia y belleza, para convertirse en un estereotipo de fantasía y romanticismo muy simplista. Y nada tiene que ver París con la París de Amelié o de Moulin Rouge, salvo que estas son algunas de las miles de paríses posibles.

De mi primera visita a París apenas mantengo recuerdo. Primera parada de un viaje a través de Europa que me llevaría a descubrir ciudades más hermosas que París, como Praga o Brujas, pero nunca tan especiales. La fuerza de París reside en su innagotable historia. En las miserias del París de Víctor Hugo, de patíbulos y traición. En la cara amarga de sus decepciones políticas. En el aúra de lugar, de ser el Lugar, sin más, donde miles de grandes artistas decidieron compartir su gloria y su dolor.

El peso de todo ese pasado jamás abandona a un visitante de París. Y puede ser romántica, como muchas otras ciudades, pero a romanticismo (del movimiento) no hay quien le supere, ni siquiera Madrid o Londres. Ya lo dijo Nietzsche: "Como artista, un hombre no tiene hogar en Europa excepto en París."

La segunda visita me llevó al número cuatro de la calle Boissieu, Hotel Nation Montmartre, en el multicultural barrio de Montmartre donde la estampa idílica de París se desmorona para dar paso a un París más real, dinámica y humana. Donde argelinos alzan sus banderas y sus voces durante la final de la Copa Africana de fútbol. A poco tiempo de ahí, espera la Basílica del Sacre Coure, precioso lugar en cuyos alrededores bulle la actividad, el ir y venir, la venta de pulseras y botellas de agua, solo estropeado por las omnipresentes tiendas de souvenir, tan desentonantes.

No muy lejos se eleva el molino del conocido cabaret Moulin Rouge, famoso por su historia y popularizado por la película musical de Baz Luhrmann. Mucho más pequeño de lo que el director australiano quiere hacernos creer. Y caro. Situado en una de las calles más transitadas de la ciudad, calle en la que abundan los sex-shops y todo tipo de locales relacionados con el sexo. Uno es capaz de imaginar esa misma calle cien años antes. Quiénes la recorrieron en busca de amor y placer en noches vacías.

Normalmente, de una ciudad lo que menos me interesa son sus museos. Más cuando sus propias calles, antiquísimos restaurantes y plazas son de por sí el museo más ilustrativo. Pero tuve tiempo de visitar el Louvre, gratuito si eres residente de la Unión Europea menor de veinticinco años; el Centro Nacional de Arte y Cultura George Pompidou, de singular estética; y la casa-museo de Víctor Hugo, donde puedes contemplar a un palmo de distancia la mesa y la pluma con la que el escritor mataba las horas, y sobre todo, la cama donde abandonó este mundo.

Sobre la Torre Eiffel soy escéptico. Una vez arriba, la perspectiva es maravillosa. Pero la larga espera tras cientos de personas de cola y un precio nada asequible me lleva a recomendaros un plan alternativo. Dejen la fila. Crucen la calle intentando no pisar las mantas con miniestatutas que tanto abundan por las aceras y siéntese sobre el muro del río. Espere al anochecer, cuando la torre enciende sus luces. Y compre un crepes en ese pequeño puesto justo al lado del tiovivo. Si es que todo sigue como un día fue.

Cerca de la torre, también, hay una pizzería llamada Grenella donde la noche se hace especial, entre su roja terraza y sus manteles de cuadros, sobre todo si tienes la suerte de tener un acordeonista cerca, como me ocurrió a mí. De los Campos Elíseos, el George V, aunque el precio de la bebida puede dejarte atónito. Y claro está, cualquiera de sus chocolaterías, de las de siempre, de las que acogen huevos chocolateados gigantes e inalcanzables.

La zona moderna, la Defénse, mejor ni pisarla. Allí solo hay rascacielos, oficinas y corbatas. La única función de su visita es romper la tónica del París antiguo y de El Arsenal al introducirle un poco de realidad capitalista a la postal. De todas formas, el verdadero París ni siquiera está en los lugares a los que os he llevado. Como en Madrid, con su Parnasillo o su Fontana de Oro, la personalidad de la ciudad se dignifica en los pequeños rincones llenos de historias, de paso de genios y desgracias. Para eso hay que buscar, buscar mucho. Y tener más tiempo del que probablemente ofrezca un solo viaje. 

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