EL SHERLOCK DEFINITIVO

JUAN ANTONIO NAVARRO | 23 DE ENERO DE 2013 | SERIES

Sherlock. / BBC.










Si han cometido ustedes el error de ver Elementary, la versión americana del Sherlock de Steven Moffat y Mark Gatiss, borrenla de su recuerdo. Es más, olviden también al atractivo Holmes de Robert Downey Junior saltando entre las explosiones ideadas por Guy Ritchie. La buena, la maravillosa y definitiva versión del clásico de Conan Doyle se llama Sherlock, una miniserie de tres o cuatro episodios por temporada de noventa minutos de auténtica calidad que ya desearían muchas producciones de Hollywood.

Lo excepcional es el contexto. Todo el universo sherlockiano arrancado del siglo XIX y recolocado en el Londres contemporáneo. Y si bien decíamos hace unos días de Coriolanus, la nueva película de Ralph Fiennes, que la modificación del escenario no terminaba de cuajar del todo, en Sherlock ocurre todo lo contrario. La serie consigue adaptar los textos originales en cada pequeño detalle sin dejar de destilar la misma sensación. Es un Londres actual que continúa sabiendo a aquel Londres. En el que se respira el mismo aire. Un trabajo sensacional.

La duración de los capítulos está más que justificada. El desarrollo de los acontecimientos, de lo que ocurre y de lo que puede estar ocurriendo, requiere del tiempo preciso para transportar el enigma de la mente de los personajes y de la sociedad londinense a la mente del espectador, que comienza sin apenas percatarse a elaborar sus propias teorías, a intentar anticiparse y hallar las claves, del mismo modo que lo haría Sherlock. El reto se universaliza.

Un Sherlock magnífico. Benedict Cumberbatch tiene una mirada indescifrable que casa a la perfección con el personaje. El Sherlock ideado por los creadores de esta versión se aleja del carismático y divertido Sherlock de las películas de Guy Rtichie. Es aquí un ser frío, asexuado y exento de empatía al estilo Sheldon Cooper. Alguien desconcertante. Tan inteligente que sin retos se ve sumido en el más profundo aburrimiento existencial. No es un hombre de ley. Carente de sentimentalismo (al menos en un principio). Creyente exclusivamente de sus sentidos y de su capacidad de deducción. Y Cumberbatch es casi tan brillante como el propio Sherlock.

Martin Freeman (El Hobbit) es Watson, y es un contrapunto a tan caricaturesco Sherlock. Consigue aportar la naturalidad suficiente al doctor para equilibrar tantísima excentricidad, alimentada no solo por el 'detective asesor', sino también por su archienemigo, James Moriarty, al que esta nueva versión transforma en un inquietante psicópata (Andrew Scott).

Es una versión muy libre, en todos los sentidos, que algunos fanáticos de Arthur no aprobarán del todo. Pero la serie, como el propio Sherlock, que desconoce hechos tan populares como que la tierra gira alrededor del sol, se deshace de todo aquello que resta espacio a lo verdaderamente importante. E independientemente de sus orígenes, cualquier cinéfilo y seriéfilo estará de acuerdo en que la ejecución es una genialidad: ritmo, intensidad, giros inesperados... Si aún no la han visto, no sé qué hacen leyendo artículos de revista.

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