HISTORIA DEL AJO QUE A TODOS HIZO FELICES

JUAN ANTONIO NAVARRO | 21 DE ENERO DE 2013 | CRÓNICA

Dolo Beltrán en el concierto del sábado en la Sala Penélope de Madrid. / CLAUDIA CABRERA.


Desde la planta alta de la Sala Penélope, acomodado en un sofá, gozaba de una vista panorámica que me permitía contemplar el curioso pero deliberado caminar de la mano de tres elementos distintos: el tono del espectáculo, la indumentaria de Dolo Beltrán y las ganas de saltar y mover las piernas de los presentes. Un público treintañero, el más predispuesto que haya podido ver en todos los conciertos a los que he asistido como periodista. Cierto es que la banda ya luce diecisiete años y los fans llevan mucho siéndolo. Eso se nota.

Los primeros compases transcurrieron con sobriedad. Electropop austero, una Dolo con gabardina, gafas de sol rojas y guantes oscuros, y un público anclado al suelo y con un escueto traqueteo de piernas. La noche sonaba a música. Pero en cuanto Dolo Beltrán se deshizo de abrigo y complementos tomó un ritmo muy diferente. Más que un concierto, ocurrió un espectáculo. Más que oídos, las canciones buscaron culos que mover. Todo giraba en torno a la diversión, no en torno al arte. La calidad musical moderada. Pero se vió, insisto, se vió y mucho que aquello hacía feliz a los seguidores de Pastora.

El ambiente, como adelantaba antes, fue coloreándose conforme Dolo se desnudaba y reducía su enigmático atuendo inicial a un vestido azul con el que jugueteaba con mucha gracia. El tecnopop, hijo de Apple, se volvía tan monótono para los oídos como rico para los cuerpos, que pedían inexorablemente a sus dueños que bailaran y bailaran y bailaran. Me costó continuar sentado en el sofá, pero quería mantener intacta mi capacidad de observación y logré contenerme. La sala desfasada y la revoltosa compositora catalana convertida ya en absoluta protagonista de la ceremonia.

En el ecuador sorprendió con una divertida historia sobre Emilio, allí presente, que dijo haberle inspirado sobremanera y que decía así: "Emilio es un tio normal. Le encanta cocinar y quitarle el corazón al ajo para que no repita. Una noche fue a una fiesta y estaba llena de 'churris'. Emilio pensó que tal vez las mujeres fuesen como los ajos, y que si les quitaba el corazón no repetirían. Era el rey de la fiesta. Chupito por aquí, chupito por allá. Hablando con una mujer tras otra. Y como sabéis, todas las mujeres mayores de treinta años están muy dispuestas. Y de pronto, ¡zas!, una de ellas le tiró encima una copa. Emilio se enfadó mucho, pero saltaron chispas. La mujer en cuestión era Estela Hernández, una mujer del montón. Del montón para Vogue, claro. Han pasado veinte años y tienen dos hijos. Y Emilio no le pudo arrancar el corazón porque Estela ya se lo había regalado aquella noche. Moraleja: a todos nos gusta estar en el ajo".

Historias aparte, la música se volvía explosiva, la gente hiperactiva, y Dolo recorría varios hipotéticos kilómetros sobre el escenario que probablemente le hicieron dormir placidamente aquella noche. Tiempo para descansar entre cambios de looks, que el resto de la banda aprovechaba para abandonar la invitación al bailoteo y ofrecer algo que pararse a escuchar con atención: una mezcla sonora un poco oscura en la que el guitarra pudo presumir de habilidad, para variar, en una noche de primacía del sonido electrónico.

Para quienes van a los conciertos a, por encima de todo, oír música, un concierto de Pastora puede repetírseles como el ajo. Aunque el ajo está bueno, ojo. Pero para quienes acuden a los conciertos en busca de unas cuantas copas, bromas y sobre todo evasión, Pastora puede dejarles muy satisfecho. Como de costumbre, dinos quién eres y te diremos dónde ir.

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