BRITÁNICA E INQUIETANTE EDIMBURGO

JUAN ANTONIO NAVARRO | 19 DE MARZO DE 2014 | VIAJES

Edimburgo. / CLAUDIA CABRERA.

Viajé a Edimburgo con la ingenua idea -y sureña, de quien cree llevar el calor consigo- de que mayo no me proporcionaría excesivos disgustos en lo que a tiempo atmosférico se refiere. Es casi verano, pensé mientras preparaba la mochila. Pero la Atenas del Norte está constantemente en el ojo de Zeus. La ciudad es presa de borrascas atlánticas que además de nubes grises y el frío suficiente para tirar de chaqueta, traen consigo vientos que nada tienen que envidiar al levante tarifeño.

El tiempo es impredecible y la ciudad experimenta en un mismo día el afecto de las cuatro estaciones. Es por eso que el edimburgués está siempre vestido y calzado, esperando el momento en el que el sol asome sobre su espectacular figura para llenar los parques y jardines -en ningún otro lugar de Europa ví tanto verde- de perros y paseos improvisados. Unos edimburgueses que -y aunque no soy aficionado a los estereotipos- son la población más amable que he tenido el placer de tratar. Una señora me acompañó personalmente hasta la puerta del hostal desde la parada de autobús.

Uno de esos jardines, el Princes Street Gardens, separa la ciudad en dos mitades. Al sur, con el imponente Castillo de Edimburgo de centinela -excesivamente cara la entrada teniendo en cuenta que a pesar de su tamaño y todo lo que puedes ver en su interior, su verdadera belleza es exterior, visto como un todo desde cualquier rincón de la ciudad-, elevándose sobre Castle Rock, un tapón volcánico, y custodiando la Old Town y sus edificios medievales, muchos de los cuales se quemaron durante el gran incendio de 1824. Al norte, la New Town, construida para solventar la sobrepoblación de la ciudad vieja.

Edimburgo es esencialmente una ciudad británica, de corte académico y universitario. Pero a diferencia de Londres u otras grandes ciudades del Reino Unido, despierta en el visitante imágenes inquietantes, de un pasado oscuro, como si parte de ella aún siguiese estancada en la Edad Media. Esto tiene mucho de cierto. No solo se conserva la arquitectura medieval y protestante de muchos de sus edificios. Lo más sorprendente, y lo más terrible, son sus bajos fondos.

En el casco antiguo de Edimburgo abundan los closes, callejones muy estrechos, ascendentes y descendientes, donde hace siglos se escondían prostitutas, ladrones y asesinos. Pero si los closes son, de por sí, escalofriantes, las callejuelas sepultadas por la construcción de la City Chamber, el ayuntamiento de la ciudad, que se conservan intactas desde el siglo XVII y sumidas en la oscuridad, sencillamente carecen de adjetivos.

Es la ciudad subterránea. El tour The Mary King`s Close, de gran reconocimiento mundial, permite bajar a este laberinto, caldo de cultivo de leyendas lúgubres, con guía incluído  -y en este caso, el precio está más que justificado-. Descubrirás historias sorprendentes sobre quiénes vivían ahí. Verás sus casas. Los efectos de la peste. Los asesinatos. Teleportación al siglo XVII bajando unas simples escaleras.

Y para tomar aire y despejar la mente de tanta oscuridad, nada como subir a Carlton Hill, la colina anteniense de Edimburgo, o a Arthur's Seat, la montaña más alta de Auld Reekie -Vieja Chimenea, apodada así por la cantidad de humo que flotaba en Edimburgo cuando la calefacción aún no había sido imaginada-, y contemplar al aire libre un conjunto maravilloso. Subir tiene su trabajo, aviso. Pueden acabar muy cansados, pero sin lugar a dudas merece la pena. El Asiento de Arturo está situado en el Holyrood Park, junto al Parlamento Escocés -la entrada es gratis- y el Holyrood Palace de la realeza británica -si tienes suerte y no hay nadie de la Familia Real hospedándose podrás visitarla. En mi caso no fue así-.

Hay mucho más. Museos para aburrir -la gran mayoría gratuitos- como el Museo de los Escritores, donde se rinde homenaje a David Hume, Sir Arthur Conan Doyle, Robert Louis Steveenson o Sir Walter Scott. O el Museo de la Infancia. Personalmente, sus tétricas muñecas sentadas alrededor de una mesa casi me asustaron más que los propios bajos de la ciudad. Pero para gustos colores. Y bares, cervecerías y whiskerías por doquier. Especial mención a Bobby's Bar, que toma su nombre de la historia de un perro que estuvo años y años junto a la tumba de su dueño hasta que finalmente murió. No les cuento más, que estoy seguro de que algún día la verán con sus propios ojos.

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