TU ROSTRO SERÁ EL ÚLTIMO

NATALIA CANO | 25 DE FEBRERO DE 2013 | LIBROS

Portada de Tu rostro será el último. / PLANETA.


La originalidad y la fuerza de Tu rostro será el último radica en que carece de trama continua, pues está construida sobre fragmentos de vidas humanas, sobre acontecimientos en apariencia banales, pero que presentan alguna singularidad, y que son los que marcan y deciden el destino de las personas, y en particular, el destino de la familia Mendes y de las tres generaciones que engloba la trama.

Es una novela compuesta de muchas pequeñas historias que pueden leerse independientemente e, incluso, al más puro estilo de Rayuela, de Julio Cortázar, leerlas cambiando el orden.  Estos capítulos independientes hacen agradable el ritmo de la lectura y obliga a que sea el propio lector el que deba hilvanar y encontrar correspondencia entre los diferentes personajes que pueblan la novela. En cada capítulo, el lector se ve transportado a un escenario diferente donde se le presenta una historia distinta. Hasta el final no sabremos cuáles son los verdaderos protagonistas de la historia ni cuáles los que más influyeron en los demás.

Hay muchas nostalgias, destinos fallidos, melancólicas soledades, grandes talentos que se dejan de lado voluntariamente por razones que, en muchas ocasiones, no se llegan a desvelar del todo pero que cualquier lector atento y sensible puede entender.

Como pasa en la realidad, son los recuerdos de infancia los que permanecen con mayor nitidez y los que nos marcan, dejándonos una huella difícil de borrar. Así, vemos como Duarte sigue recordando con nostalgia su amistad de infancia con Índio (“Duarte se sentía feliz por tener un amigo que vivía en una chabola. Más que nada, porque, al contrario de lo que se pudiera imaginar, aquella amistad le proporcionaba una sensación de seguridad (…) Desde el momento en que empezaron a verle en compañía de Índio, Duarte nunca más fue atacado, ni perseguido, ni pateado, ni atado con cuerdas a las farolas, ni obligado a llenarse los bolsillos con cagarrutas de perro”); el episodio de Duarte montando en bicicleta desnudo para demostrarle cómo hacían pis los ciclistas, el que mayor impacto tiene en Luisa (“A pesar de haber sido el día que el doctor Augusto Mendes había enfermado, Luisa lo recordaba con nostalgia. Y, si pudiera, se habría quedado a vivir siempre en ese día. El último día de la infancia, así era como lo recordaba. Después de ese día, solo hubo cosas malas”).

El dominio del lenguaje y la madurez en las descripciones de las que hace prueba João Ricardo Pedro, tanto de las situaciones como de los estados de ánimo, dan mucho realismo a los personajes y llenan de magia y de belleza la novela, al más puro estilo de Cien años de soledad, de Gabriel García-Márquez. Los acontecimientos históricos en los que se desenvuelve la trama no quita protagonismo a los diferentes personajes que aparecen en la novela pero sí permite entender en qué contexto se mueven y por qué hombres como Policarpio prefieren marcharse a vivir en el extranjero en lugar de permanecer en Portugal.

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