UNA CHARLA CON JOSÉ C. VALES (O CON SU DOPPELGÄNGER)

JUAN ANTONIO NAVARRO | 26 DE FEBRERO DE 2013 | ENTREVISTA

José C. Vales autor de El pensionado de Neuwelke. / RAI ROBLEDO.




















¿Conocen la historia del filólogo romántico y el joven periodista? Un día, en pleno invierno madrileño, en casa de este último aparece el doble espectral de la novela El Pensionado de Neuwelke. Aterrado, con el frío de febrero martilleando sus huesos, pero colmado de curiosidad, se adentra en la maravilla de la ingobernabilidad. Cuando acaba, comienza a investigar al autor. La información que obtiene, junto con unas fotografías en blanco y negro en las que aparece con semblante grave, preludian un hombre serio, con razones para albergar vanidad. Al día siguiente el joven periodista baja a tomar algo a La Cabra en el Tejado, la cafetería situada al final de la calle donde vive, donde milagrosamente coincide con José C. Vales, el autor, el filólogo romántico, que pronto se descubre como el opuesto universal a la seriedad y la vanidad. Lo que no cuenta la historia es que no fue casualidad que se encontrasen aquella tarde, sino que el joven periodista tuvo el morro de hacer ir al escritor prácticamente a su encuentro. Pero no importó, porque José es una de las personas más agradables que el joven periodista ha tenido el placer de entrevistar, y cómo no, le perdonó la grosería invitándole a un vaso de leche de soja.

"El romanticismo trata de revelar todo lo que tiene el ser humano de inmortal, concentrados en lo terrible y lo sublime"

¿De dónde surge esta historia de doppelgänger que cuentas en El Pensionadode Neuwelke?

De una historia que aparece en el libro Footfalls of the Boundary of Another World, with Narrative Illustrations, de Robert Dale Owen, un congresista americano muy estrafalario que tenía interés por el espiritismo, muy propio del siglo XIX. Una historia que él escuchó por primera vez en uno de sus viajes a París.

¿Pensaste en escribir esta novela en cuanto llegó a tus manos la historia o has estado madurándola largo tiempo?

El libro surgió en una cena veraniega, en la que un grupo de amigos -del mundo editorial y literario- y yo hablábamos sobre cómo se combina la literatura popular con la literatura más snob o 'modernilla'. ¿Por qué no hacer una novela que fuese popular y que al mismo tiempo tuviese cierta sustancia teórica sin pretender renovar la literatura universal -que es a lo que tienden los jóvenes recién salidos de la facultad, yo creo que equivocadamente-? Que fuese popular sin ser morralla. Dickens era muy popular. Collins era muy popular. Austen era muy popular. Así que todos los presentes en aquella cena nos comprometimos a hacer una novela de estas características. Yo me propuse hacer una con tintes terroríficos porque ya conocía la historia de Émilie Sagée. El resto de novelas propuestas aquel día nunca llegaron.

Vaya.

Es muy byroniano esto. Porque el Frankestein de Mary Shelley surgió en una cena en la casa que Lord Byron tenía en Ginebra, donde éste propuso que cada uno escribiese un cuento de terror. Solo Mary Shelley y el médico de Byron, Polidori, lo consiguieron. Pero este último siempre fue un escritor menor. Aunque claro, al lado de Byron todo el mundo es menor.

"Somos como burros a los que han tapado la visión lateral para que avancen y avancen"

Algunos autores, como Javier Sierra, parecen utilizar la ficción para contar sus enigmas históricos o paranormales, esa sustancia teórica de la que hablabas. Tú pareces trabajar al revés. Utilizas el sustento teórico, el enigma del fantasma de Émilie en este caso, para hablar sobre personajes.

Sí. A mí me interesaba contar la historia de personas sometidas a los vaivenes de un mundo caótico, ridículo, peligroso, azaroso y terrible. Todos vivimos en ese mundo. Tenemos una noche fantástica con una chica, salimos a la mañana siguiente de casa y nos cae un trozo de azotea. Una chica está felizmente casada, va a la playa, se lo pasa genial, vuelve a casa, se ducha, se toca un pecho y tiene un bulto. Estas cosas pasan. Y lo que le ocurre a mi protagonista es que no controla su vida. Es un caso extremo, pero a todos nos pasa.

¿Esta visión de un mundo ingobernable es una lectura pesimista, optimista o neutra de la vida?

Una visión asombrada de la vida.

Pero da miedo.

Claro, es aterrador no tener control sobre tu vida interna y externa. Creemos que dominamos nuestra vida pero no. Dominamos lo suficiente para ir a tomar una caña y volver. Pero a la vez, he pretendido que la vida pareciese un espectáculo alucinante, porque lo es. Los atardeceres, cómo prosperan las cosechas, las montañas, el mar, las luciérnagas, las moscas... Es parte de la tragicomedia humana. Todo es muy trágico pero también muy agradable.

"No imagino un escritor que no controle la retórica, la estética, historia literaria, la crítica literaria o la lingüística"

Es curioso que mientras todas las personas que rodean a Émilie vivan su espectral problema con terror o respeto, Christa Dix lo viva con asombro, con interés, con ingenuidad.

Claro, y con una actitud infantil, solo tiene once años. Si ve un espectro qué más da. El jardinero, Fou'fingers, dice en una ocasión que todos tenemos nuestras particularidades y que si esta chica -Émilie- quiere sacar su espectro a pasear, nadie tiene por qué meterse en eso. Porque él, que es un jardinero viejo, ha conocido ya lo sorprendente que es el mundo como para asombrarse por un fantasma (ríe). Si tenemos que asombrarnos, Juan Antonio, tenemos que asombrarnos de ir por el volando por el espacio en una pelota a cientos de miles de kilómetros por hora girando como una peonza.

Estamos perdiendo la capacidad de maravillarnos. Yo recuerdo haberme sorprendido muy poco por el salto desde el espacio de Felix Baumgartner.

Y fue acojonante. Estamos concentrados en pantallas. Voto por evitar el pantallismo y salir a la calle. Somos como burros a los que han tapado la visión lateral para que avancen y avancen. ¡Pero nosotros tenemos visión lateral! Podemos ver panoramas tremendos, subir a montañas, ver chicas estupendas en bares en lugar de intentar ligar con ellas a través de una pantalla.

Volviendo a la literatura, tú eres defensor de aquello que decía Lewis: "Yo diría que un buen libro debería ser entretenido". Bajo esa premisa nace la literatura basura. Debe haber algo más, ¿no?

Literatura basura es una contradicción en los términos. Si es literatura no puede ser basura y si es basura no puede ser literatura. El término correcto sería libros, no literatura. Si yo te escribo un soneto de Garcilaso en esta servilleta, es literatura. Pero un libro de tapa dura escrito por Belén Esteban no es literatura ni aunque la tapa sea de oro. Tal vez me sorprenda y Belén Esteban sea Sor Juana Inés de la Cruz (ríe). Para que haya literatura deben confluir varios aspectos. Entre ellos, la influencia cultural respecto a lo pasado y respecto a la sociedad en la que vive. Un libro puede ser muy literario pero si está metido en un cajón su literatura es cero, porque la literatura no es nada más que un proceso de comunicación artístico y sin receptor al que influir no hay comunicación. Un libro que venda doscientos o trescientos ejemplares no tiene más relevancia que un chiste de Lepe. Partiendo de eso, soy partidario de que la literatura debe entretener,  contar buenas historias.

"Al lado de Byron todo el mundo es menor"

¿Nuestra época está menos influida por la literatura que épocas pasadas?

La literatura es sólo una fórmula de comunicación, pero la presencia del cine, de la televisión, de internet y de otros medios está rebajando su capacidad de influencia porcentualmente. La tarta se reparte. Pero las letras, las hormiguitas, tienen un poder de evocación semejante a la radio. En los ochenta una canción decía "el vídeo mató a la estrella de la radio". Sin embargo, el vídeo desapareció y la radió sigue vigente. A la literatura le puede ocurrir algo parecido. Tu has imaginado a Emilié Sagée y al resto de personajes de una manera totalmente distinta a como la imaginé yo.

¿Los personajes están perfectamente esbozados antes de entrar a escribir o son un poco ingobernables también?

Los personajes tienen que estar diseñados desde el principio. Otra cosa es que vayan configurando algunos aspectos de su personalidad en diálogos o actitudes concretas. Pero un autor que no es capaz de controlar a sus creaciones es muy poco autor, es un aficionado. Todo sigue un plan. Pero lo mismo ocurre con el resto de elementos, no solo los personajes. Tú imagínate un médico que dijese "voy a quitar esta carótida a ver qué pasa". Yo no imagino un escritor que no controle la retórica, la estética, historia literaria, la crítica literaria o la lingüística.

¿Pero hay grandes escritores sin esos conocimientos?

Bueno, James Joyce tuvo muchas dificultades y mírale.

"Me interesaba contar la historia de personas sometidas a los vaivenes de un mundo caótico, ridículo, peligroso, azaroso y terrible"

Soy de esas personas a los que Ulises les resulta ilegible.

No te preocupes. Hay una quiebra literaria muy grande a principios de siglo con la aparición de las vanguardias. Es un momento en el que el autor decide que es más importante él mismo que el lector, como James Joyce. Por eso muchos lectores no lo soportan.

¿Y esa instrospección no perjudica la capacidad de influencia de la literatura de la que hablábamos antes?

Claro. Todos tenemos vidas estupendas o desgraciadas. No me interesa contarle mi vida al lector si puedo contarle una historia interesante. Si puede aprender algo mejor, pero tampoco es necesario escribir bajo el 'utile et dulce'. Pero si el lector no se sorprende mínimamente con lo que le cuentas, la novela es un tobogán y acabará prescindiendo de ti.

Volvamos a Neuwelke. Émilie ha tenido siempre la percepción de que la muerte de su alrededor es culpa suya y sin embargo tarda bastante en plantearse el suicidio. ¿Esperanza o egoísmo?

Émilie ha tenido siempre la esperanza de que cambiando de lugar pudieran mejorar las cosas. Nos ocurre a todos. No tenemos en cuenta que vayamos donde vayamos siempre viajamos con nosotros mismos. Y ella llega a un lugar donde todos la quieren muchísimo, donde nacen lazos de solidaridad y generosidad con todo el mundo, donde la consideran una gran maestra y compañera. Y sin embargo le ocurre lo que le ocurre. Algo incontrolable. Es desesperante.

"Lo que le ocurre a mi protagonista es que no controla su vida. Es un caso extremo, pero a todos nos pasa"

Es interesante cómo a pesar de lo que le ocurre la gran mayoría la sigue protegiendo.

Por eso a ella le resulta tan extraño y por eso el Pensionado de Neuwelke es tan excepcional. Durante toda su vida la han amenazado y considerado una monstruosidad. Y de repente toda esa comprensión. Recuerda lo que le dice Sonke: "Todas tenemos nuestras particularidades" (ríe).

Como quien es zurdo. Pero toda esa solidaridad no encaja en mi -seguro que ignorante- idea del romanticismo, que asocio más a la tragedia.

Pero esa solidaridad es muy romántica también. Ocurre una desgracia y las personas se elevan para superar los prejucios, demostrar que el ser humano tiene una capacidad superior a la que habitualmente demuestra, y activar la llama divina, como decían los románticos. Las relaciones humanas en las novelas de Dickens son así. El romanticismo trata de revelar todo lo que tiene el ser humano de inmortal, concentrados en lo terrible y lo sublime. Y todos los personajes románticos parecen muy humanos, pero en realidad pretenden ir más allá de la figuración, entregándose con toda la pasión y con todas las consecuencias. Era muy fácil dejar a Eveline colgada como la víctima de una araña gigantesca, pero el señor Buch aguantó y mantuvo el pensionado por su mujer, a quien quiso y quien le salvó la vida.

La historia del señor Buch, hundido en la tragedia, rescatado por alguien cuando ya parecía no tener esperanza, y demostrando luego una fuerte convicción moral en ayudar a los demás me recuerda muchísimo a Jean Valjean. Igual que el padre Balkas me hace pensar en el archidiácono Frollo.

Es inevitable. Te recomiendo leer El Monje de Matthew Gregory Lewis, uno de los fundadores de la novela gótica. Te divertirá mucho cuando leas cómo muere ese monje y recuerdes cómo muere Balkas. Los editores dicen que El Pensionado de Neuwelke es un homenaje a la novela romántica y es cierto en muchos sentidos. Y no te voy a negar que me hace mucha ilusión que compares a una de mis creaciones con Jean Valjean, uno de mis personajes favoritos. Los miserables de Víctor Hugo es lo más de lo más.

"Vayamos donde vayamos siempre viajamos con nosotros mismos"

No recuerdo haber sentido tanta emoción por una novela por su sublimidad como lo hice por Los Miserables.

Es muy grande. La sublimidad en Víctor Hugo es muy emocional. Aunque trata temas grandiosos, como la revolución, no lo hace tanto como Goethe u otros románticos. Es más emocional.

¿Cuánto hay de ti en David Whimple?

Es más un modelo de romántico. Estudia las Ruinas de Palmira, que es un clásico fundamental para todo buen romántico. Tiene también la estética romántica, que es muy importante y que es algo que hemos heredado hasta nuestros días. Una anécdota: dí una conferencia en cierta ocasión y las mujeres se ofendieron mucho porque dije que los heavys y los punkies se parecen más a los románticos que Julio Iglesias. El concepto de romanticismo se ha desvirtuado mucho. Lo que consideramos romanticismo hoy día es sentimentalismo blandito. En cuanto a David, el pobre no sabe a quien querer -esto es muy humano también, muy de los hombres, que andamos siempre perdidos-, y es al final cuando comprende por fin a quién debería haber querido.

¿Por qué has tardado tanto en escribir una novela?

Cuando eramos jóvenes todos fingíamos ser García Márquez. Era aburridísimo. Agradezco que entonces no hubiera blogs porque habría escrito cosas malísimas (ríe). Cuando llegas a la universidad te das cuenta de que tienes que parar y aprender. En la Edad Media, y esto me obligó a no escribir una palabra en años y años, los estudiantes trabajaban un ejercicio (inserte aquí un chiste de filólogos incomprensible para el resto de mortales) que consistía en imitar a los autores clásicos para absorber sus recursos. Eso me hizo detenerme y dedicarme al estudio. Gracias a Dios no publiqué nada con veinte años (ríe). Y he publicado ahora y por una cena.

"Lo que consideramos romanticismo hoy día es sentimentalismo blandito"

En esta era de inmediatez hay demasiada prisa.

Si eres Jane Austen y eres capaz de escribir Orgullo y prejuicio con diecinueve años, a mí me parece genial. O si eres Mary Shelley y te marcas un Frankestein con dieciocho añitos recién cumplidos. O un Buscón como Quevedo. Pero hay que reconocer que la mayoría no somos ni Austen, ni Shelley ni Quevedo. Alguno habrá, pero yo he tenido que estudiar muchísimo para escribir algo aceptable.

Por último, ¿habrá una segunda novela?

Todo depende de la aceptación que tenga esta. Si a la gente le gusta cómo escribo y lo que cuento, sí. Si no, la industria no me dará otra oportunidad y le contaré la historia a mi mujer y a mis amigos (ríe).

Desde All Magazine la recomendamos ferviertemente.

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