GRANDES ESPERANZAS

JUAN ANTONIO NAVARRO | 26 DE MARZO DE 2013 | ESTRENOS

Escena de Grandes Esperanzas. / ACONTRACORRIENTE FILMS.
















En la Inglaterra rural del siglo XIX vive Pip junto a su tía y el marido de ésta, el bueno de Joe. Tras ayudar en secreto a un convicto huído y conocer a la joven Estella en la mansión de la eterna señorita Havisham, el pobre Pip viaja a Londres para convertirse en un caballero de la alta sociedad bajo la protección económica de un anónimo personaje. Pero tras la fortuna heredada y su amor por Estella cohabitan dolorosas mentiras del pasado que lo turbarán todo.

La historia es maravillosa. El mérito, de Dickens. Un relato de pobreza, desigualdad social, amor y rencores -los senderos habituales de la pluma de Dickens- que retrata con pincel la época y conmueve a partes iguales. Este equilibrio resplandece por su ausencia en la versión cinematográfica del clásico que Mike Newell (director de, entre otras películas, Cuatro bodas y un funeral, Donnie Brasco y Harry Potter y el Cáliz de Fuego) nos trae.

Newell ha dedicado todas sus fuerzas a la recreación del contexto, y el resultado es admirable. La dimensión visual y sonora del filme está meticulosamente cultivada. Pero también es meticulosa la manera en la que se ha aferrado al texto original, desplazando al espectador por un trecho harto conocido y falto de contundencia que le hace bajar la guardia hasta toparse con fotografías portentosas que le devuelven la curiosidad por lo que está viendo. A veces lenta, excesivamente dilatada, otras frenética, carece del tempo adecuado. Un notable esteticismo, un aprobado bagaje dramático.

En cuanto a las interpretaciones, a algunos puede parecerles que los hermanos Irvine (Toby y Jeremy, que dan vida al Pip niño y al Pip adolescente respectivamente) pecan de falta de carisma, de inexpresividad. Todo lo contrario. Irradian esa tremenda ingenuidad, obediencia y timidez que los grandes niños dickensianos han irradiado siempre desde las páginas. Ralph Fiennes, del que hablábamos hace poco a raíz del estreno de Coriolanus, está, y aburre decirlo, espléndido. Y Helena Bonham Carter, y esta sí que cansa un poco, también en su línea, interpretando a Havisham, un personaje gótico y muy Tim Burton que, eso sí, protagoniza las mejores fotografías de la cinta, en esa mansión lúgubre tremendamente marcada por el pasado.

Pero no me malinterpreten. Esta versión de Grandes Esperanzas es interesante. Más ocupada en la recreación que en la creación, sí, pero llena de secuencias atractivas. Que pierde su ritmo en sus dos horas de metraje, sí, pero que lo suple con una historia que es la que es, unas buenas interpretaciones y un apartado técnico que la hace digna de ir a ver al cine. Pero es que Dickens es Dickens. Y con las Grandes Esperanzas es fácil decepcionarse.

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