AMBERES, LA CIUDAD

JUAN ANTONIO NAVARRO | 03 DE ABRIL DE 2013 | VIAJES

Amberes. / JUAN ANTONIO NAVARRO.
















Amberes, Antwerpen para los flamencos y Anvers para los francófonos, tiene su propio aeropuerto a dos kilómetros de la ciudad, pero por razones de disponibilidad, aterricé en el aeropuerto de Charleroi tras dos horas y media de vuelo aproximadamente. De mis viajes a Edimburgo y Wroclaw había aprendido a no confiar en las estaciones, a llevar siempre y sin excusas el suficiente abrigo cuando te despegas de la cálida España, pero una vez más, los reinos del cielo se rieron de mí. Había salido de Madrid con el chaquetón cerrado a cal y canto, y nada más poner pie en el país de los diamantes, el sol belga convirtió aquello en una semiprisión de poliéster y nylon.

Un autobús rojo y amarillo ubicado en la línea A cambió el aeropuerto de Charleroi por la estación de trenes, donde un tren con frecuencia de una hora conecta ésta con la estación de trenes de Amberes, dejando atrás la neurálgica Bruselas. No volvería a ver la preciosa Centraal Station, pues el viaje de vuelta me depararía -entre otras tantas desgraciadas aventuras- una partida desde la Berchem Station, situada en el extrarradio de la ciudad, donde me alojaría durante toda la semana. Nada de plazas, iglesias o arquitecturas dignas de fotografiar. En Amberes, lo que queda fuera del centro se dispone en avenidas y calles realmente anchas y rectas, trazadas a regla, faltas de presencia y por tanto tranquilas, y bloques que podrías encontrar en cualquier otras ciudad.

Para desplazarse por la ciudad hay líneas de tranvía muy eficaces hasta la medianoche, cuando toca esperar a los autobuses nocturnos. Prueba del civismo extendido entre los belgas -en líneas generales, entre los norte y centroeuropeos- es la falta de vigilancia a la hora de pagar el billete de cualquier transporte. Ni el conductor ni, por supuesto, el resto de pasajeros, se hacen cargo de que abones el importe. La historia va entre una pequeña máquina pegada a una barra y tú. Tal vez, y solo tal vez porque nadie parece haber visto ninguno, algún vigilante ocasional monte en tu vagón y tenga algo que decir. Conciencia ciudadana es el concepto que buscan.

No es el único acto de buena fe de los belgas. Como en tantas otras ciudades europeas, la cultura de la bicicleta está muy extendida entre los amberinos, y puedes encontrar auténticas hordas de bicis esperando a sus dueños en puntos estratégicos de la ciudad. ¿La curiosidad? Las bicicletas no están sujetas a ninguna estructura, y tan solo una cadena inmoviliza la rueda de atrás. No es por hablar mal de mi país, pero no me atrevo a apostar cuánto duraría en España una bicicleta que pudiese robarse llevándosela en los brazos. Llámenme escéptico.

Una vez en el centro, las posibilidades son amplias. Acercarse al río Escalda, recipiente de aguas tan profundas que ningún barco, sea lo enorme que sea, tiene el menor problema en navegar. Como consecuencia directa, el río Escalda convierte al puerto de Amberes, con sus más de cincuenta kilómetros de muelles, en el segundo puerto más importante de Europa tras el Puerto de Rotterdam y en el cuarto más grande del planeta. El mismo puerto duplica el tamaño de la ciudad. Eso sí, si quedas atrapado en el lado nuevo de la ciudad, vuelve a montar en el tranvía, porque los puentes sobre el Escalda, si es que los hay, no son fáciles de encontrar.

En el casco antiguo, telaraña de callejuelas endulzadas con cervecerías, es fácil caer en la tentación, especialmente ante carteles que anuncian hasta doscientas variedades distintas de cerveza. Decidir no es sencillo, pero ningún 'birrero' que se haga llamar tal puede abandonar Amberes sin probar la cerveza de la ciudad: De Koninck. Si además quieres disfrutarla mientras notas de jazz adornan la conversación, ya sea real o 'whatssappiana', en Melkmart, justo tras la imponente Catedral de Santa María, se encuentra el caffé jazz De Muze, famoso en la ciudad por su pasado beat y por sus conciertos gratuitos, que tienen lugar cada noche a partir de las diez.

Pero la diversidad de Amberes no se manifiesta solo en sus cervezas. La guía turística presume de representar a la segunda ciudad más multicultural del mundo, solo por detrás de Ámsterdam. Si lo escrito es cierto, y no tenemos por qué dudarlo, en Amberes solo restarían representantes de  tres países del mundo, que si me disculpan, voy a omitir por olvido involuntario. No es un rasgo exclusivamente contemporáneo. Amberes siempre ha gozado de enorme cosmopolitismo. Como máximo exponente de la buena acogida de la ciudad, brilla la vida y obra de Peter Paul Rubens, icono de Amberes cuya casa-taller puede visitarse -o profanarse según lo vean- por tan solo un euro. De corte renacentista y proyectada por el propio artista, la casa incluye obras ajenas, que Rubens decidió colgar de sus paredes, y al menos diez propias, al final del recorrido, como Adán y Eva en el paraíso. Si sientes un mínimo interés por el autor, sin duda merece la pena.

El centro histórico de La Ciudad, -pues así la llaman en ocasiones los amberinos, para quienes el resto de Bélgica es solo parking- es encantador. Pequeño, rodeado de edificios del siglo XVI y XVII, respira ese bullicio tranquilo de una tarde de domingo, y solo una calle Meir, la calle comercial de la ciudad, habitante de las mismas marcas de tiendas que cualquier calle comercial del mundo, rompe un tono por lo demás bohemio. No muy lejos de allí, el distrito rojo, motivo de curiosidad para quienes visitan la ciudad, marca un nuevo paralelismo con Ámsterdam.

Como último 'check point' antes de mi regreso a Madrid, y ya entre blancas temperaturas, más dignas del lugar y del momento, visité el Castillo -nada destacable- y el Museum Aan de Stroom, ubicado en el barrio de moda, de una estructura muy alejada estéticamente del casco antiguo, que además de acoger exposiciones artísticas de todo tipo, cuenta con un tejado que hace las veces de observatorio. 360 grados de Amberes muy recomendados, incluso a costa de la exposición a tan bajas temperaturas. De bajas temperaturas y otras dificultades estuvo repleta la vuelta a España, un auténtico reto a la paciencia y la compostura. Pero eso es otra historia, o al menos eso quiero creer.

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