ENTENDER MÍNIMAMENTE A WOODY ALLEN

JUAN ANTONIO NAVARRO | 28 DE JULIO DE 2014 | REPORTAJE

Woody Allen.
















Reducir una filmografía tan semibiográfica y personal como la de Woody Allen a unas cuantas instantáneas es una actividad peligrosa teniendo en cuenta la voracidad latente entre gafapastas y vetustos cinéfilos hacia cualquiera que ose descartar alguna de las joyas -o no tan joyas, en esto destacan los gafapastas y su 'rarofilia'- del director neoyorquino de alguna lista como esta. Guárdense de la subjetividad de 'postureo' de los primeros y de la objetividad académica de los segundos. Este artículo persigue la franqueza.

La trayectoria de Woody Allen como director puede dividirse, peor que mejor, en diferentes periodos. No vamos a detenernos en el primero, en aquellos inicios de humor descarado al estilo Hermanos Marx donde la cámara funcionaba al servicio del chiste y el gag, porque lejos de contener malas cintas, nos deja un Woody Allen más cómico que cineasta, divertido pero prescindible, sin esa disposición filosófica y reflexiva que le hará tan famoso al cierre de este camino iniciático que tiene lugar con La última noche de Boris Grushenko(1975).

Solo dos años después, la evolución percibida en dicho filme alcanza un carácter paradigmático con Annie Hall (1977), una incursión casi autobiográfica en las relaciones afectivas y sus vicisitudes que le arrebató el Óscar a la mejor película a la altisonante Las Guerras de las Galaxias. Comedia, sí, pero provista de conversaciones y frases existencialistas, marcada por un tono agrio, con la presencia permanente de la muerte y el fracaso, y con el ingenio al servicio de algo más que la risa. "¿Popular? Nixon fue popular. Los hula-hoops fueron populares. Una epidemia de tifus es popular. La cantidad no significa calidad."

Un periodo puro, intensamente personal, cuyo segunda gran parada fue bautizada como Manhattan (1979), un homenaje a su ciudad, a Nueva York, en forma de tragicomedia blanquinegra y de nuevo junto a su primera musa, Diane Keaton. También Hannah y sus hermanas (1986) es imprescindible para comprender la reiteración del sexo, el amor y las creencias en el pensamiento de Woody Allen, así como sus dilemas morales se reflejan en esa comedia y drama negros de 1989 llamada Delitos y faltas.

El realismo de su obra hasta el momento va dando paso al genio creativo, que encuentra en el romanticismo, el surrealismo y el cine europeo de Bergman o Fellini la manera de transgredir las formas y los géneros clásicos como el suspense en Misterioso asesinato en Manhattan (1993). La crisis de la creatividad sirve como excusa para fabricar, paradójicamente, una de las cintas más ingeniosas y brillantes de Woody Allen: Desmontando a Harry (1997), una comedia mordiente y sarcástica, con una estructura narrativa memorable que confunde telones y expande las ideas. Probablemente su película más compleja. "Las palabras más bonitas no son 'te quiero' sino 'es benigno'."

Por último, y en líneas generales maltratato por la crítica, no sin cierta razón, el periodo en el que se mueve hoy día, mayoritariamente europeo y conformista en comparación al perfeccionismo de sus anteriores periodos. Pero es Woody Allen, aunque ceda, concede, y hay dos películas que no quisiera irme sin citar. La primera es Match Point (2005), rodada en Londres, y donde rescata e intensifica el crimen y la culpa de Delitos y faltas con una precisión más cinematográfica, con la sombra de Raskolnikov y la ambición social de Julián Sorel tras la cámara. La segunda, y última que recomiendo antes de irme sin remordimientos, es Midnight in Paris (2011), su última gran obra, comedia nostálgica y contranostálgica al unísono, romántica y realista y visualmente impecable. Eso es todo.

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