SOLEDAD VÉLEZ, ¿CÓMO ES POSIBLE?

JUAN ANTONIO NAVARRO | 15 DE ABRIL DE 2013 | CRÓNICA

Soledad Vélez en la sala El Sol. / CLAUDIA CABRERA.
















Totalmente ajena a los delirios de grandeza, Soledad Vélez hace tiempo descansando en uno de los sillones que esta noche pueblan la Sala El Sol, tomando una Estrella Galicia y conversando con unos amigos. Nos acercamos a saludarla y nos alerta: "Veréis que collar llevaré ahí arriba", señalando el escenario apenas un metro por encima del improvisado salón. La sala cobra vida y Ornamento y Delito toman los instrumentos.

No son ningunos desconocidos. Han entablado una buena relación con crítica y público gracias a una propuesta extravagante de agitadas bases rítmicas, teclados permanentes y oníricos y letras críticas y originales. Pero independientemente del resultado de estudio, el directo no termina de cuajar por culpa de una voz anodina y una dicción que impide entender nada, incluso cuando habla. Como compositor, ¡chapó!, la fuerza de su rock y en especial algunos pasajes oscuros con gritos viscerales son más que respetables. Como vocalista, funcionan sus experimentos a lo Yoko Ono pero poco más.

Soledad espera hasta la última nota para levantarse del sofá y entrar en bastidores. Son pasadas las doce cuando sale a acondicionar ella misma toda la parafernalia instrumental. La oscura elegancia de su ropa contrasta con el amarillo oro del collar prometido. A su lado, intermitente a lo largo de la noche, Jesús de Santos, el imperturbable y digno barbas que la acompaña por doquier y cuya producción y composición son ahora aliados inseparables de la artista chilena. Todo está listo. Tan solo veinte o veinticinco personas en la sala. ¿Cómo es siquiera posible?

Guitarra en manos y los ojos cerrados de principio a fin, buscando dentro de sí esa voz tan blues que encuentra en "Hug me" su hábitat natural y que parece elevar sin el menor esfuerzo, repite los versos una y otra vez desprendiéndose de ellos, cada vez más hondo, desgarrado o tierno. No es la voz dulce de una indefensa princesa Peach con micrófono. Es una voz profunda e imposible que no encuentra sombra.

El efecto teletransportador de su Wild Fishing, protagonista de la noche, adquiere nuevas dimensiones en directo acompañando a Soledad en ese sano ejercicio de cerrar los ojos que evita cualquier tipo de contaminación visual. La guitarra o el ukelele dibujan la tierra, los árboles y el río, mientras que las notas escapadas de la eléctrica de Jesús componen el aire a respirar, que esconde momentáneamente para dar paso al banjo de "Birds", que junto a "Black Light in the Forest", "Homeless" y "Dont't Worry Babe" coronan el setlist.

Soledad ruega a los rezagados que se acerquen, hay asientos libres en primera fila -repito: ¿cómo es siquiera posible?- y quiere explotar al máximo el carácter ultra acogedor del espectáculo, en cuyo último tercio abundan las grabaciones de pistas con el pedal de loop, creando sus propios coros en "Secret Sisters" a lo Justin Vernon o el sonido de toda una banda. Tímida, legado quizá de una infancia de aquí para allá sin demasiada compañía, recibe con humildad los sonoros halagos y pregunta: "¿Quién me lleva después a alguna discoteca?".

Si el talento de Soledad Vélez como compositora y cantante no es suficiente para que público y medios le acojan y mimen, algo debe ir mal. Nosotros seguiremos, siempre que sea posible, acercándonos a la maravilla de su directo, música sin colorantes ni conservantes, y preguntándonos las veces que sean necesarias: ¿cómo es siquiera posible?

A quienes haya podido persuadir: 2 de mayo en el Gran Teatro de Cáceres, 3 de mayo en la Sala Mondongo de El Puerto de Santa María, 4 de mayo en la Sala Playmobil de Granada, 5 de mayo en el BBK Live de Sevilla y 20 de julio en el FIB Benicassim. Viva Chile.

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