VALLE DEL JERTE: GOZO ANACRÓNICO

JUAN ANTONIO NAVARRO | 17 DE ABRIL DE 2013 | VIAJES

Panorámica de Jerte. / EXTREMADURA.
















Durante la segunda quincena de marzo y la primera de abril, a unos doscientos kilómetros del bullicioso traqueteo de Madrid, los cerezos de la comarca extremeña del Valle del Jerte florecen, blanqueando gran parte de sus paisajes ante la alegre mirada de los lugareños, cuya principal actividad económica es el cultivo de esta particular cereza conocida como picota.

El Valle del Jerte está considerado uno de los rincones naturales más bellos de nuestra geografía, con el transcurrir del río Jerte -afluente del Tajo-, la generosa arboleda que lo adorna -no solo cerezos, también robles y castaños-, la imponencia del Calvitero -el punto más elevado de toda Extremadura con 2.405 metros-, el silencio que rompen sus cascadas y la convivencia de tan distintas aves entre sus cielos -el buitre negro, el buitre leonado, el milano negro, el milano real, la urraca, el petirrojo, el cuervo e incluso la mismísima águila imperial, entre algunos otros-.

Es con este primer verdor de la primavera con el cual la comarca del Valle y los once municipios que lo integran reciben la visita de tantos y tantos turistas y rutistas. Once pueblos que no alcanzan a sumar los 15.000 habitantes, contando el menos habitado por apenas doscientas almas, lo que confiere a estos lugares el encanto y la amabilidad más humana. Ahí, en el también conocido como Valle del Gozo, todavía se habla el artu-extremeñu, por lo que es normal oír referirse a él también como Valli el Herti. En todos ellos puede el aventurado encontrar alojamiento rural.

Una vez arribados al valle, y puede hacerse en coche a través de la N-110 o de la autovía E-5 o tomando un autobús de Avanza hasta Plasensia y otro desde allí hasta el mismo corazón del Valle, hay experiencias para cansar. Decenas de rutas jerteñas exploran los parajes innatos de la región y los distintos núcleos rurales con gastronomía propia -la sopa cana, las patatas revolcás o las migas- representada en algunos de los restaurantes más punteros del Valle: el Castillo en Cabezuela del Valle, el Napoléon en Jerte o el Regino en Casas del Castañar.

La subida a los Pilones es una ruta de tan solo tres kilómetros de recorrido que tienen lugar dentro de la Reserva Natural de la Garganta de los Infiernos, situada entre los pueblos de Jerte y Cabezuela del Valle, donde se encuentra El Manto de la Virgen, un salto de agua previo al descenso a los pilones, que no son sino piscinas naturales. Como podéis comprobar, la naturaleza indómita de la reserva es infiel a la sequedad de su nombre.

Es una de las más transitadas, como la ruta de Carlos V, supuestamente la ruta que siguió el emperador para llegar al Monasterio de Yuste, que también atraviesa la Garganta de los Infiernos,  además del Puerto de las Yeguas, la Garganta del Yedrón o la Garganta de Jaranda, entre castaños y cerezos que saludan a lo largo de sus veinticinco kilómetros. No es un recorrido liviano y requiere de piernas fuertes y espíritu ágil, como la ruta de Las Juderías, la ruta que transita el camino real a lo Juego de Tronos, o la ruta de las Casas del Castañar. Este artículo pretende abriros el apetito, pero la web de la oficina de turismo del Valle del Jerte, con sus fotografías, puede resultar muy útil en la elección.

Antes de irnos, merecéis saber que no solo de senderismo vive el valle, pues en sus tierras salvajes y anacrónicas también pueden recogerse cerezas, montar a caballo y en bicicleta, realizar escalada, barranquismo y parapente, o jugar al 'paint ball'. Siempre rodeado de la belleza que inunda la comarca, olvidando que a casi trescientos kilómetros de allí, la frenética maquinaria del mundo urbano continúa imparable.

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