EL ÚLTIMO RINCÓN DE LA EUROPA CONTINENTAL

JUAN ANTONIO NAVARRO | 19 DE AGOSTO DE 2015 | VIAJES


















El itinerario habitual necesario para alcanzar las playas de Tarifa pasa por Algeciras, una ciudad triste y físicamente deforme responsable de que la primera sea quién es. Un tarifeño puede pero no debe burlarse de la fealdad de Algeciras, pues de la fealdad de ésta nace la belleza del paraíso de aquel. A solo veintiún kilómetros de la ciudad más meridional del viejo continente, Algeciras alberga los trenes, hospitales, mcdonalds, zaras, y en general, los símbolos de cualquier ciudad autosuficiente y económicamente activa de los que el tarifeño se libra siempre y aprovecha cuando quiere con media hora de carretera. Tarifa se mantiene pueblerina y natural, como una saludable garrapata convertida en garrapatero.

Tarifa es terapéutica. Algo, alguna pieza de ese enchufe con lo inmortal que tiene el ser humano, cambia en el viajero cuando el paisaje anodino de la serpenteante carretera hacia la ciudad muta generosamente en la contemplación a la izquierda -absoluta si sopla el viento de poniente- del continente africano. El efecto liberador del cuadro se intensifica cuando tras pequeños montes verdes asoman a la derecha cientos de metros de Atlántico que se pierden sin remate. Son las arenas de los kiters y surferos, de los campings, de las casas y campos reducto de los extranjeros, del sometimiento de las dunas de Valdevaqueros, de las ruinas de Bolonia. Entre izquierda y derecha está el pueblo de Tarifa.

El pueblo antiguo, delimitado por sus murallas medievales y formado por callejuelas estrechas, bajas edificaciones blancas y viejos patios de vecino, arropa prácticamente todo cuanto de lozano tiene la arquitectura en Tarifa, que obtiene su máxima degeneración en los torpes y desagradables edificios a pie de playa que recorren todo el paseo marítimo de la Playa de los Lances. Dentro de las murallas conviven la Iglesia de San Mateo, de estilo gótico, el milenario Castillo de los Guzmanes y el mercado de abastos de la ciudad. Son los tesoros permanentes. El cosmopolitalismo y la buena vida son tesoros intermitentes. Tarifa son dos ciudades en una.

Durante el invierno es un pueblo-ciudad más, sin ritmos ni exigencias, tranquilo. Julio y agosto lo transforman por completo. Los negocios hosteleros del casco antiguo no dan a basto, las calles se vuelven por momentos intransitables, y el italiano, el francés, el inglés y el alemán acompañan un español de marcado carácter andaluz.

La fiesta se reproduce cada tarde y noche en los pequeños pubs del centro, ubicados muy próximos entre sí, como el Moskito, el Arde Tarifa o La Ruina; en clubes y chiringuitos a pie de playa, lejos de allí, como el Gunlao, el Soul Beach o el República Café, donde acostumbran a tocar grupos locales de proyección nacional como Calígula in Love; y en las discotecas situadas en el polígono, a veinte minutos a pie de allí -cuarenta en estado de embriaguez-.

Las tardes de playa, si nuestro caudillo el viento de levante lo permite, son un ejemplo de segregación. En el pequeño espacio arenoso que conduce el mar Mediterráneo conocido como Playa Chica, rozando la Isla de las Palomas y su Punta de Tarifa -y de España, bajo la cual convergen ambos mares-, se conglutinan cientos de madres e hijos adjuntos huyendo del bravismo de las olas del Atlántico que braman a escasos metros, comprimidos, convirtiendo palabras y gritos en una masa molesta o alegre de vida, depende del gusto.

La costa del Atlántico es otra historia. Allí, en las dunas de Valdevaqueros que el alcalde de la ciudad desea profanar con complejos turísticos propios de costas mancilladas como las de la Costa del Sol, el aire y la perspectiva se vuelven más inspiradores, más bohemios y despreocupados.

Recorrer la orilla hacia la derecha,  dejando atrás los núcleos de playeros, va descubriéndonos pequeñas calas vacías o semivacías -normalmente habitadas por nudistas-, nuevas y sorprendentes, una tras otra, donde pasar la noche entre cervezas y bocadillos y acampar se antojan actividades ineludibles. Un autobús conecta la zona externa a estas playas con la estación de autobuses de Tarifa con una frencuencia satisfactoria.

Estos rincones, junto al mirador del Estrecho situado sobre la Playa de la Caleta, la Puerta de Jerez -la única de las tres puertas de la ciudad amurallada que se mantiene con vida y espacio predilecto de citas-, las tablas de madera sobre la arena por las que correr flanqueado del mar y el río Jara a la izquierda y de vacas pastando a la derecha, o el restaurante vegetariano Chilimosa son algunas de los tantísimos lugares que me llevo a Madrid siempre que me toca decir hasta luego a mi pequeño paraíso, a catorce kilómetros de Marruecos, y a millones de millas de cualquier agobio, tensión o aburrimiento. A Tarifa no se viene, se vuelve.

Imagen: Parque Estrecho de Gibraltar, Juan Antonio Navarro ©.

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