SIR JAMES BLAKE, A SUS PIES

JUAN ANTONIO NAVARRO | 30 DE MAYO DE 2013 | CRÓNICA

James Blake durante su actuación en el Teatro Kapital de Madrid. / CLAUDIA CABRERA.















Un día, mientras trabajaba en un gran medio de comunicación de este país, un experimentado periodista se acercó a mí y me regaló estas palabras: "No puedes construir tu trabajo desde la mentira". El consejo es formidable y verdadero, pero la historia es mentira. Como veis, la verdad, la verdadera verdad, no merece ser encontrada a través de medias verdades. Y en este caso, la mentira o media verdad es que yo hubiese estado en un concierto de música electrónica antes del miércoles; y la verdad, que James Blake estuvo colosal.

Sobre las ocho de la tarde accedí al interior del Teatro Kapital. Sabía que enlazar a James Blake con un auditorio de butacas donde disfrutarle cómoda y profundamente es un tópico intravenoso de los melancólicos como yo, pero saberlo no atenuó mi decepción al comprobar que el londinense actuaría frente a un público en pie o sentado en sillones americanados. El concierto del miércoles venía precedido de la elogiada actuación de Blake en el Primavera Sound, a cielo descubierto y entre ánimos fiesteros. Pero no, yo no le encuentro sentido a oír el Jame Blake o el Overgrown de pie. Llámenme caprichoso.

Daniel Guijarro asomaba la cabeza de entre bastidores a las ocho y media bajo el álter ego de Hearbirds. La tesitura la resumía muy bien un joven del público con un "esto molaría más luego". Abrir un concierto atestado de hipsters mustios con apetito de 'soulstep' con el dubstep tirando a bailongo de Hearbirds es una mala elección. El equivalente electrónico a poner a Rage Against The Machine a telonear a Elton John. En fin, se me ha ido de las manos, pero que conste que iría a ver tocar a Rage Against The Machine. Y a Hearbirds, que ayer no estaba en el lugar correcto en el momento correcto. No había predisposición al crescendo anímico.

Con un escueto "hi" devolvió James Blake el amor con el que todos los asistentes le recibimos cuando subió al escenario acompañado de un hermano gemelo y un señor melenudo. Iba avisado del formato trío con el que se las gastaba el joven compositor y no me sorprendió la escena pero dí gracias a Thor porque aquella noche no fuese distinto. La textura natural que la guitarra le daría a algunos pasajes o la trabajada perfección del batería tanto en los medios tiempos como en los pasajes más locos son detalles que alejan un tanto al oído de caer en la cuenta de la 'artificiosidad' que está cenando.

La música de James Blake rebosa serenidad y parsimonia, pero sería injusto no reconocer que el inglés sabe adaptarse al directo para evitar la acostumbrada parálisis del alma que provoca escucharle. Tomó la batería y los beats y los expandió, haciéndolos más notables.Tras la "Air & Lack Thereof" inicial sonó "I Never Learnt To Share" y sonó enorme, superando de largo la intensidad de su homónima de estudio. La voces multiplicadas de Blake ocuparon el poco aforo libre que quedaba en el Teatro Kapital, provocando la erección auditiva de todos los barbudos y barbudas -de espíritu-, especie predominante frente a una minoría desorientada que se mofaba de los efectos de voz, desencantada quizá por haber pagado una entrada pensando que oiría algún sucedáneo de Skrillex o vete tú a saber. El desencanto en sí no es un problema para el resto, pero si lo es que el sonido de la sala, íntimo y excesivamente bajo, te permita ser partícipe del desencanto de otros. 90 decibelios no son gran cosa.

La noche avanzaba y Blake continuaba contorsionándose en su asiento entre "To The Last", "Lindisfarne -de la escuela de la "Woods" de Justin Vernon-, una espectacular y taladradora "I Am Sold", "CMYK" -cómo no-, "Our Love Comes Back", "Digital Lion", "Unluck" -otro juego de ecos asombroso-, la clásica y emocionante "Limit To Your Love" o la envolvente "Klavierwerke" hasta que "Voyeur" le daba una excusa para abandonar la timidez de Iwan Rheon en Misfits y transformarse por momentos en el Thom Yorque que pierde la cabeza con "Idioteque". Pero James Blake lo hace sentado, síntoma del cantautor contemporáneo que lo tiene todo al alcance de la silla y el ratón. La "Voyeur" que zumbó el miércoles en el Teatro Kapital hizo que me replanteara mi 'top three' de Overgrown.

Lo poco que salió de los labios de Blake en formato hablado me resultó ininteligible. Debe ser por mi cutre inglés o por su inglés británico, pero "this is funny" fue un oasis hasta el final de "Retrogade", donde se deshizo en halagos hacia el público y sus dos compañeros de aventura. Ese gemido del single de Overgrown capturó la sala entera, haciéndose fuerte de manera simultánea a los sintetizadores estilo mosca zumbona.

Pero al margen de loops, sintetizadores y efectos, a James Blake le sientan el piano y el micro como a Nucky Thompson el traje de rayas o a Walter White la perilla. Tras el primer bis de la noche, "The Wilhelm Scream", que ya tanteaba el soul de manera especial, James Blake se quedó solo en el escenario para tocar en acústico "A Case Of You", una soberbia interpretación que proyectó en mi mente a un James Blake alejado definitivamente de los ordenadores. Es cierto que la frialdad de la electrónica realza la calidez de las notas de piano y de su voz, pero a menudo también la hiela.

Voy a decirlo: soy partidario de la desaparición del bis. Las despedidas serían más dolorosas y los reencuentros más hermosos. Pero este bis rompió mis esquemas. James Blake podría haber bajado en ese mismo instante y haber intentado hacernos el amor a los más de mil embelesados que estábamos allí, que nos habríamos dejado. Fue entonces cuando el joven bueno y tímido se marchó. El genio quedó en nuestras cabezas, y en la medida de lo posible, entre estos párrafos. Esa no es ninguna media verdad.

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