TODO EMPEZÓ Y ACABÓ EN EL PRICE

JUAN ANTONIO NAVARRO | 09 DE MAYO DE 2013 | CRÓNICA

Ismael Serrano durante su concierto en el Teatro Circo Price. / CLAUDIA CABRERA.

















Decía Ismael Serrano al comenzar su actuación en el Teatro Circo Price de Madrid, y que será el punto final de la presentación nacional de su último álbum, Todo empieza y todo acaba en ti, antes de partir rumbo a Latinoamérica, que los humanos somos animales gregarios. Es cierto. Buscamos ese sentimiento de pertenencia y hermandad de forma desesperada. Lo perseguimos por teatros llenando butacas. Nos inventamos letras de canciones que apenas conocemos por el mero hecho de poder cantarlas junto a los demás. Basta con recordar la terminación de los versos. Pero toda manada requiere de un Rafiki.

Somos gregarios porque compartimos lo más esencial de cuanto hay en nosotros: los estados emocionales. Pero hablar de estos estados, como hacen tantos músicos, no tiene por qué resultar rehabilitador para el resto de la manada. Uno puede llegar a sentirse un insensible cuando advierte la indiferencia con la que su alma recibe todas esas palabras bonitas. Porque no bastan palabras bonitas para conmover. Se necesita talento. Una chispa que convierte a un terminador de versos de la primera fila en un Ismael Serrano de pie sobre el escenario.

Esa chispa es arrolladora. La tiene Hovik, cuyos versos te cogen por sorpresa doblando la esquina del bostezo y te abre en canal, mostrándote tantas y tantas pasiones y dolores que ni siquiera pensaste llevar encima. Y por supuesto que sí, la tiene Ismael Serrano. Una chispa cegadora que te perturba cuando le canta al vacío en "Te odio", cuando denuncia las malas intenciones en "Habrá que someter a referéndum", o cuando aviva la llama de la insumisión con un "Despierta" sin vacile. Dicen que es músico, pero es mucho mejor poeta.

El espectáculo no fue breve. Cada butaca vacía fue un minuto más de palabras, comentadas y cantadas. Porque toda la actuación no fue más que un viaje autobiográfico, o mejor dicho, prebiográfico, de su vida, de algunas de tantas vicisitudes que le llevaron a nacer y a estar el martes en el escenario del Price junto a sus amigos y músicos Javier Bergía y Jacob Subela, y que Ismael recorrió con serenidad, contando entre canciones historias sorprendentes y emotivas, de esas que esconde cualquier familia pero que como decíamos antes, no todo el mundo tiene la chispa para conmover compartiéndolas.

La historia de su familia, de aquel pueblo de su madre al que le cantó en "Vuelvo", de la II República, de la precariedad de la posguerra y de aquellos viejos tiempos que amenazan con volver. "Por primera vez, nuestros hijos vivirán peor de lo que hemos vivido nosotros: trabajarán más, cobraran menos, tendrán peor educación y sanidad". Cada relato era interrumpido enérgicamente por un estallido de aplausos y por la desafortunada presencia de una joven excesivamente interactiva, de las que no reconocen los límites y con la que Ismael seguro aprendió que, como en las redes sociales, la interactividad trae de todo.

Pero la tónica general fue fantástica. La desnudez emocional y la crítica no estuvieron separadas del humor. Suena poco profesional, pero Ismael Serrano es un cachondo que no solo consiguió hacer reír leyendo anécdotas de bambalinas en la hoja de ruta sentada sobre el atril, también salió del paso divertidamente de algunas situaciones embarazosas. Pensándolo bien, tal vez no tuviese tanto mérito. Una mujer gritando durante absolutamente todo el concierto que por favor cantase "Lucía" es tan exasperante como divertido.

Algunos momentos, y viene a memoria "Te odio", fueron un auténtico reto por mantenerse entero. Una actuación profunda, con su "Y sin embargo",  su "Por fin la encontré" o su "Pequeña criatura", con algún momento más vivo en la western "Donde estás", armado del ukelele en "Te debo una canción" o activando a un público no diría pasivo sino demolido con la generacional "Papá cuéntame otra vez" y con la versión tecno de "Sucede que a veces", que levantó la sala y devolvió a la manada la alegría de bailar y saltar junta.

Luego uno salía del Price, y aquella fraternización que Ismael recordaba de su Vallecas natal, con las puertas abiertas y las horas de charla vecinal hasta la madrugada, se marchó y volvió a dejar huérfano a los cachorros. Necesitamos rafikis que nos hagan sentir correctamente. Así que sí, al menos anoche, Ismael, todo empezó y acabó en ti.

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