"ANTES DEL ANOCHECER", IMPRESCINDIBLE

JUAN ANTONIO NAVARRO | 28 DE JUNIO DE 2013 | CRÍTICA

Ethan Hawke y Julie Delpy en una escena de la película. / A CONTRACORRIENTE FILMS.
















El fenómeno de las trilogías se ha convertido en la excusa perfecta para los productores de perfil perezoso y materialista para pulsar el piloto automático. Nada nuevo disfrazado de nuevo, una campaña salvaje de marketing y a vivir de un éxito taquillero alimentado por esa tendencia tan nuestra a refugiarnos en lo conocido. Pero Antes del anochecer no es una secuela tragaperras. Es el punto y final de Richard Linklater a uno de los romances más honestos del cine. Un punto necesario. Y sin duda el episodio más hermoso y brillante de los tres.

Han pasado nueve años desde aquel reencuentro forzado en París titulado Antes del atardecer (2004) y casi dos décadas desde aquel inicio ingenuo que brotó en el vagón de un tren camino de Viena Antes del amanecer (1995). El tiempo real que Linklater ha regalado a la historia aumenta su credibilidad a la hora de someter al amor al paso del tiempo, con los cambios externos pero especialmente internos que lo envejecen. Los espectadores más veteranos apreciarán matices que los de mi generación aún ni sospechamos.

En Viena, Celine y Jesse poseían una mirada idealizada del amor y de la vida propia de la veintena que nueve años más tarde, en París y cargando los treinta, se muestra apalizada por la muerte de las expectativas y del sueño juvenil. En Grecia, donde tiene lugar esta tercera y última radiografía, Jesse y Celine, padres cuarentones de dos gemelas, transitan el amor maduro que sobrevivió al romanticismo pasional, el amor radical que plantea desafíos día a día y que arrastra consigo tensiones y emociones sin revolver -vanidades, remordimientos, carencias-.

Este último estadio de la relación, agradable pero profundamente frustrante, es el que investiga Linklater a través de poquísimos planos secuencia que se estiran en el metraje, como las discusiones reales, que viran de aquí y allá, tan pronto resueltas a acabar como estallando de nuevo, duras pero veraces. Esta modernidad en la cámara permite que los diálogos fluyan sin urgencia, presa de la naturalidad y de los tiempos muertos, del cocerse de las emociones positivas y negativas que surgen irremediablamente -sí, lo de las medias naranjas va al saco del ratoncito Pérez- entre dos personas que conviven día tras día.

Un trayecto en coche camino de la casa de un escritor griego, un paseo por la montaña con olor a nostalgia o los preliminares del sexo mudan en quince minutos de pulso, de vanidad, de remordimiento, de duda, de humor -amable o sarcástico, pero siempre sencillo y espontáneo-, pero desde la complicidad, incluso la complicidad que odia. Y en eso de la complicidad, Julie Delpy y Ethan Hawke están extraordinarios. Repito, porque no lo diré otra vez, extraordinarios.

Son contadas escenas, aunque dilatadas, las que conforman Antes del anochecera lo largo de sus casi dos horas y el interés no decae en ningún momento. El diálogo entre ambos absorbe por completo la atención del espectador. Y la única escena colectiva, en la que Delpy y Hawke no monopolizan la conversación, es brillante; ese almuerzo en el que participan varias parejas de diferentes generaciones es el retrato confinado dentro del retrato sobre la evolución de las relaciones a lo largo de los años. Como una matrioska.

No sobra ni una frase. No falta ningún movimiento emocional. No hay pasos en falso. Antes del anochecer es un regalo cinematográfico para quienes detestan que los directores de cine romántico insulten al espectador mostrándoles esa mentira que cuenta que amor e inteligencia no congenian. Ni cursilerías ni sueños ni fantasías juveniles. Amor crudo y terrenal perspicazmente retratado. La fotografía del final de la historia que da veracidad al conjunto. La mejor película en fondo, forma -planos frontales donde reina la palabra como si de un teatro se tratase- y estética -qué decir de la encandiladora banda sonora de Grahan Reynolds- de lo que va de año. Con nombre y firma: Richard Linklater.

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