"MI ENCUENTRO CON MARILOU", DE JEAN BECKER

JUAN ANTONIO NAVARRO | 21 DE JUNIO DE 2013 | CRÍTICA

Escena de la película. / GOLEM.
















El cine de Jean Becker aspira e inspira al ritmo que marca el director francés. Natural, nada que aparezca en la pantalla bajo su firma huele a impostado o impertinente. En Bienvenue parmi nous (Mi encuentro con Marilou, 2012) recupera y ensambla dos claves fundamentales de algunas de sus películas anteriores: Su exploración de las actitudes humanas en situaciones extremas, verdaderamente extremas, que ya inició en Deux jours à tuer(Dejad de quererme, 2008); y su intención de reunir de manera accidental a personajes que no se habrían reunido de ninguna otra forma, algo que ya ocurrió en su anterior filme, La tête en friche (Mis Tardes con Margueritte, 2010).

La primera de esas claves, la exploración de las reacciones personales en situaciones críticas, la estudia desde dos perspectivas diferentes, a diferencia de lo que hacía en la citada Deux jours à tuer. En Mi encuentro con Marilou, Becker convierte a sus dos personajes principales en unos vagabundos desesperados, perdidos, que afrontan de diferente manera la perspectiva del desastre.

La primera parte de la cinta arranca en el apacible hogar de un prestigioso pintor recién internado en la vejez, rodeado de familia y amigos. La obsesión de Becker por convertir su cine en un retrato de las emociones humanas, usando siempre dos cámaras para no dejar escapar el menor matiz expresivo, es esencial. Patrick Chesnais, en el papel del artista Taillandier, sobrepasa con fuerza pero con naturalidad cualquier expectativa, trasmitiendo esa amargura tan intensa que se extiende como la metástasis a las palabras, los gestos, los movimientos y los silencios del viejo pintor retirado.

Es en esta primera parte donde duerme el inconveniente de Mi encuentro con Marilou. Taillandier está deprimido, acabado, seco artísticamente, vacío emocionalmente, fruto de una crisis existencial por la que Becker pasa por encima. No le interesa el por qué, le interesa el camino que el pintor toma desde ese fatídico punto, pero el relato queda incompleto. El director francés desaprovecha la oportunidad de facilitar un mayor entendimiento e identificación entre el pintor y el espectador, lo que seguro habría intensificado las reacciones emocionales que busca desenmarañar en este último en tramos posteriores de la película.

Durante la segunda parte, que comienza con la huída del pintor, entra en escena Marilou -interpretada con solvencia por una joven Jeanne Lambert-, una adolescente expulsada por su propia madre de un hogar desestructurado. Entra en juego la segunda de aquellas claves que citaba tres párrafos más arriba. Un pintor cascarrabias de ánimo suicida y una joven destrozada pero con ganas de vivir coinciden en un punto del camino y comiezan una relación, ni paterno-filial ni sexual, más bien entre artista y musa, que no se habría dado en ninguna otra circunstancia. El vacío existencial de quien lo tiene todo y no es suficiente frente al dolor infinito de quien no tiene nada pero lo quiere. Se suceden durante estre tramo troncal de la cinta las imágenes más hermosas, las sensaciones más alegres. La luz va ganándole terreno progresivamente a la oscuridad con la que comenzaba la película.

Ese querer la vida de Marilou es el prólogo de la tercera y última parte de Mi encuentro con Marilou, donde la amistad y la inspiración han conseguido ya reconducir las tragedias. Todo se estabiliza, los personajes recobran la serenidad y el director elimina las dos claves básicas de la pantalla. Pero le asalta a uno una duda cuando el retrovisor de Taillandier pierde de vista la imagen erguida de Marilou en la distancia. ¿Qué van a hacer ambos cuando ninguno de los dos esté ahí para hacer de Rambo? Buen trabajo de Jean Becker. Directo y terrenal. Conoce al dedillo lo que busca despertar en el espectador. Y lo consigue la mayor parte del metraje.

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