III EDICIÓN DEL HAVANA 7. HISTORIAS QUE CUENTAN

JUAN ANTONIO NAVARRO | 26 DE JUNIO DE 2013 | CRÓNICA

Havana 7. Historias que cuentan. / GOYO CONDE.










Hay palomitas en todas las mesas y cócteles supuestamente originales en las manos de todo buen amante del cine. Por el pantallón del Teatro Caser Calderón desfilan críticos y periodistas cinematográficos contando batallitas, vanguardia y retaguardia, bajas y festejos, heridas y conquistas. La pieza, en torno a la relevancia de la prensa de cine, no está a la altura de aquella que pudimos ver dos meses antes sobre la prensa musical, pero se deja ver. Uno ha acudido allí para ver si Carlos Boyero está a la altura de lo que la comunidad, la enfurecida y la enamorada, le atribuye, o si pasa por un simple mortal sentado en un sofá. De paso, conoce a otros tres grandes de la especialidad y se pone de ron hasta las cejas.

El pesimismo de aquella segunda edición de Havana 7. Historias que cuentan de abril, con Diego Manrique, Cifu, Oriol Llopis y Beatriz Pécker, no estuvo presente anoche. Aquella negrura, aquel aire nostálgico, aquel lamento poético por un futuro de la prensa musical que se antoja triste, no apareció. Y no porque la prensa cinematográfica, y el mundo cinematográfico en su conjunto, gocen de mejor salud, sino por la camaradería. Aquellos cuatro eran, y son, en el fondo, almas solitarias que sufren solas. Las anécdotas, de cada uno, preciado tesoro. Carlos Boyero, Oti Rodríguez, Toni García y Enric González son compañeros de fatigas. Las anécdotas, de todos, botín de piratas. Y aunque el barco amenace con hundirse, el ron, y hundirte con camaradas, colorea las desgracias.

Lo de Enric González fue casi anecdótico, que recordando a Beatriz Pécker, se marginó de la conversación cuanto pudo. Lo mío, pensó y comentó, es otro periodismo. Llegué aquí sin quererlo, claustrofóbico en el cine, y me encontré con estos tres tarados, con los que aprendo en las cenas al final de cada jornada de festival, entre whiskies y debates futbolísticos.

Cannes, Venecia, Berlín, San Sebastián. Los grandes. Toni García, divertidísimo, explicaba sus diferencias. En Berlín, decía, la idiosincrasia de los alemanes convierte cualquier contratiempo en una bomba fatalista. En Cannes, la idiosincrasia de la estrella, convierte cualquier procedimiento en una prueba a la paciencia. En Venecia, reina la improvisación, la calma y los asientos incómodos. Que eso de dormir, explicaba Oti, es un arte del crítico de cine y un delito del director. Que nadie se duerme viendo Indiana Jones. San Sebastián, coincidían, es como estar por casa, en zapatillas y viendo las películas de siempre.

Las de siempre. A Orson Welles, a John Ford o a Billy Wilder. Sobre el cine asiático, mucha guasa. Oti nunca se duerme, ni abandona la sala. Irán, Corea, Tailandia, todo lo traga. Boyero escéptico. Para encontar joyas, decía, hay que atravesar el infierno. Las copas no le hacen efecto. Venía sincero de casa. Y reía como nadie con las anécdotas de Toni. Que si un periodista austriaco conocido como Terminator, que si Boyero atrapado en un autobús en Venecia, que si Michael Jackson y Macaulay Culkin. Historias compartidas.

La imagen, y no podía ser menos hablando de cine, es que el periodismo cinemográfico, si bien no me atrevería a decir que está mejor, es un oficio menos huraño y frío que el periodismo musical. Ser crítico es saber dar, con franqueza, como hace Carlos, y recibir. Porque un crítico recibe más críticas que nadie. Pero este es el juego, y en el camino nos descubren, además de las de siempre, películas como La vie d'Adèle. Según estos grandes, una de las mejores que veremos nunca. Y si no nos gusta, decirlo bien alto, no como estructuralistas y vanguardistas, igualmente dormidos en las butacas. Al fin y al cabo, eso es ser crítico, o tener el ánimo, jugársela, no mentirse en la soledad de su casa.

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