IMPORTANDO EL BRUNCH

JUAN ANTONIO NAVARRO | 13 DE AGOSTO DE 2014 | REPORTAJE

Brunch. / AM.















Con esto de la globalización pasa una cosa, y es que siempre se globalizan los mismos. Vale que de vez en cuando nos llega alguna película de Jia Zhang-ke o de Lav Diaz; vale que la música islandensa suena ahora en todo el mundo; y vale que Chinua Achebe descansa en las estanterías de cualquier librería occidental; pero quienes siguen exportando cultura, productos culturales y hábitos son los de siempre: los países anglosajones.

Algunos países nos dejamos colonizar mejor que otros. En España no se estila demasiado la defensa de las costumbres propias, e importamos cualquier tendencia que pueda servirnos para repuntar nuestros negocios o alegrar nuestros corazones. Podríamos haber creado el 'almuersiestienda', un híbrido entre el almuerzo, la siesta y la merienda, para reactivar la visita a nuestras cafeterías y restaurantes, pero decidimos adoptar el brunch anglosajón. Pensándolo bien, lo de la almuersiestienda no suena tan 'cool' como el brunch, razón por la cual habría caído en el absoluto desprecio.

Así que aquí estamos, viendo como proliferan en Madrid los carteles ofertando brunchs, esa nueva comida nucleada por el dulce sabor del desayuno y cubierta por la salada aportación de los platos típicos del almuerzo -típicos del almuerzo británico, se entiende, porque caldos mediterráneos pocos-. Hay que reconocer que el invento tiene su no se qué. Es domingo, el sábado duró excesivamente; demasiado tarde para tomar un café y una napolitana pero demasiado pronto para unos huevos revueltos acompañados de puré de calabacín. Tomemos un desalmuerzo, pero tomémoslo bien.

Las reglas del brunch dictan que esta comida sea disfrutada en pareja. No lo digo yo, lo dicen Ted y Robin en el episodio número cinco de la segunda temporada de Cómo conocí a vuestra madre. Está bien, son americanos y el brunch no les llegó hasta el siglo XX, pero algo más que tú y que yo sabrán, que nos llegó hará un par de horas. Escuchemos:

- Ted: ¿Le invitaste a un brunch?

- Marshall: Sí, le invité a un brunch. ¿Por qué? ¿Resulta raro? ¿Por qué no pueden dos tipos que son amigos ir a un brunch?

- Ted: Porque el brunch es más bien...

- Robin: Femenino.

- Marshall: ¿Femenino? El desayuno no es femenino. El almuerzo no es femenino. ¿Por qué el brunch es femenino?

Nadie aporta una explicación, pero se sobreentiende que las chicas de Sexo en Nueva York han contribuido enormemente a la feminización del brunch con su famoso Pastis. Es una tendencia muy 'chic' en su faceta estética, pero yo sé, amigo mío, que a ti lo que te interesa es su fondo, la buena comida un domingo vago a media mañana. Lo del domingo parece ser otra regla:

- Brand (amigo de Marshall): ¿Por qué no pueden disfrutar dos amigos solteros de un brunch un domingo por la mañana?

Esta segunda regla comienza a desmoronarse, y famosos locales bruncheros de la capital como Carmencita Bar expanden la anglotendencia a viernes y sábado. Tomamos los hábitos y los desvirtuamos a nuestro favor. Eso de comer de todo, tan a lo buffet, enciende nuestra gula tan intensamente que no podíamos limitarlo a un solo día de la semana.

Pero lo de saltarse la primera regla tal vez sea más embarazoso. Un truco para solteros es acudir a El Bristrol de la librería La Central, en Callao, donde disimular la soledad acompañado de un buen libro. Después de todo, ¿quién puede sentirse solo leyendo a Nietzsche o Shopenhauer? Tal vez no sean buenos ejemplos, pero ya saben a qué me refiero. Anímense. Si Fitzgerald estuviese vivo, sin duda, iría con vosotros.

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