PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD Y REPLICANTES

JUAN ANTONIO NAVARRO | 28 DE OCTUBRE DE 2013 | VIAJES

Puente Romano, Córdoba. / TURISMO CÓRDOBA.















Cuando alguien menciona la palabra 'cyberpunk' la primera imagen que acude a la mente es la panorámica de esa versión distópica de Los Ángeles que Ridley Scott inventó para Blade Runner (1982). Es el futuro que nos imaginamos: ciudades disfrazadas de luces y colores. La versión planetaria de Tokyo o Shangai ahogando cualquier vestigio de un pasado de piedra y mármol levantado por aquellos que nos precedieron. Un mundo aparatoso, esperpéntico, caótico. Un mundo sin recuerdos.

Porque piénsenlo: ¿creen que nuestra vanidad y la de quienes nos releven respetarán un legado a veces milenario? ¿Creen que hay cabida entre neón y neón para la Alhambra de Granada o para la Catedral de Burgos? ¿Cuánto tiempo tardará el hombre en destruir todo ese cúmulo que lo hace tan especial? ¿Cuántas décadas, cuántos siglos tardarán en extinguirse la Estatua de la Libertad o el Independence Hall como se extinguen decenas de especies cada día? Y si no se extinguen, ¿cuánto maquillaje soportarán antes de desaparecer bajo él?

Las ciudades, tal y como las conocemos, corren peligro. En este sentido, Europa es el continente que más tiene que perder. Es el viejo continente, el territorio donde nacieron las ciudades modernas, donde la arquitectura da de de la capacidad del hombre para robar a la naturaleza la potestad de generar belleza. La Organización de las Ciudades del Patrimonio Mundial, fundada en 1993, abarca un total de doscientas cuatro ciudades cuya excepcionalidad merece un mantenimiento y una protección especial. Casi ciento veinte de ellas coexisten en este pequeño trozo de tierra que un día fue el centro del mundo. Y por fortuna para nosotros, trece están en nuestro país.

También desde 1993 y con nacimiento en Ávila existe la organización Ciudades Patrimonio de la Humanidad de España, cuyo objetivo es la defensa del patrimonio histórico y cultural de estas veinte reliquias declaradas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. La responsabilidad de garantizar la supervivencia de estos espejos del pasado es de todos, porque el legado humano también lo es.

Que si los replicantes llegan hasta nuestras tierras, se vean obligados a sentir el sabor renacentista de las calles de la ciudad donde Miguel de Cervantes nació: Alcalá de Henares; el aroma medieval de las murallas y conventos de Ávila; la mezcolanza cultural que emana de Cáceres tras siglos de albergar romanos, almohades, judíos, portugueses y castellanos; la brutal estampa histórica religiosa de esa ciudad andaluza occidentalmente de Oriente y orientalmente de Occidente que es Córdoba; la Atalaya del Cañavate de Cuenca que tanto fascinó a sus colegas humanos siglos antes.

Todas las piedras colocadas estratégicamente que conforman todas estas ciudades son imprescindibles para comprender la historia europea y la historia de la humanidad; para comprender de dónde vinimos y por qué nos fuimos para ser otros aunque siendo los mismos: personas combatiendo con la frialdad del poco escrupuloso replicante que intenta abrirse paso entre nosotros para obligarnos a mirar hacia delante a costa de la destrucción y el olvido. Pero no podemos dejar de mirar a Ibiza, a la románica Mérida o a la ciudad renacentista española por excelencia: Salamanca, paisaje universal del conocimiento.

Desde Santiago de Compostela, una de las cumbres del espiritualismo de la Edad Media, en el norte, a San Cristobal de la Laguna, en Tenerife, pasando por la irremplazable Segovia, por Tarragona o Toledo, ejemplo estrella de la conservación del pasado, España destila el carácter añejo del paso de tantas y tantas civilizaciones, erigidas cuando las luces de neón y los carteles publicitarios proepilepsia eran solo la fantasía inconfesable de algún genio o de algún loco. Hacerles honor es tarea conjunta.

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