TRIÁNGULO MUSEÍSTICO

JUAN ANTONIO NAVARRO | 03 DE OCTUBRE DE 2013 | REPORTAJE

Cúpula central del British Museum, Londres.
















Corría el mes de abril cuando os llevamos desde estos lares construidos por palabras de museos por Madrid. Recorrimos aquel famoso Triángulo del Arte que forman el Museo del Prado, el Museo Reina Sofía y el Museo de arte Thyssen-Bornemisza. Hoy nos apetece volar lejos; cruzar las calles que conectan las pinacotecas más importantes de las ciudades más importantes a nivel museístico: París, Londres y Nueva York. Hoy nos hemos levantado clásicos, y hemos decidido no acercaros a los museos más alternativos de esta Tierra nuestra. En las artes plásticas, al fin y al cabo, no hay mucha tutía; su pasado manda y nosotros acudimos.

Por fidelidad periodística, no vamos a tirarnos el pisto hablando de museos en lo que jamás hemos estado. Quien escribe pasó un maravilloso verano en Nueva York hace no mucho tiempo. En el Museo Metropolitano de Arte, uno de los más transcendentales a nivel mundial gracias a una colección que incluye obras de Tiziano, Rafael, Velázquez o el Greco, no estuvo. Debe ser una hermosa experiencia, y un rotundo error haberlo pasado por alto, pero la vida a menudo es absurda. Sí estuvo, y allí sigue su huella -os lo contaré más adelante-, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, más conocido como MoMA.

Fundado en 1929, no es difícil imaginar la razón por la que tres multimillonarios decidieron levantar este templo del arte moderno y contemporáneo en pleno Manhattan: los Estados Unidos querían robarle a París la condición de centro mundial del arte. Aquí, en el 11 West con la calle 53, habitan títulos como La noche estrellada de Van Gogh, Las señoritas de Avignon de Picasso o La persistencia de la memoria de Dalí, la obra de norteamericanos como Jackson Pollock o Andy Warhol, y la de extranjeros fundadores y seguidores de los ismos más relevantes como Kandisky o Matisse. En definitiva, el mejor arte moderno, sumándosele un arte contemporáneo raramente comprensible que solo los entendidos entienden o dicen entender. Una de aquellas obras, una habitación vacía con las marcas a lápiz de la altura de los visitantes en las paredes, es la responsable de la eternidad de la visita. Interprétenlo como quieran.

Lejos de allí, mirando de reojo, con prepotencia o recelo, nos espera el Museo del Louvre. No hay ser humano sobre la tierra que no haya oído hablar del museo más visitado del mundo. Este hogar de huellas humanas está ubicado en el antiguo palacio real del Louvre, y es la cima del arte clásico anterior a las vanguardias con las que los artistas comenzaron a priorizarse a sí mismos sobre la misma sociedad. El Louvre, con La Giocondade Da Vinci, La Coronación de Napoleón de Jacques-Louis David, La Libertad guiando al pueblo de Delacroix o La balsa de la Medusa de Géricault, y con gran parte de las obras de Rafael, Tiziano, Caravaggio, Murillo, Goya, Rembrandt, Rubens o Van Dyck, es el acceso artístico a la historia de la humanidad más fiel que puedan encontrar. Y la experiencia no engaña: abruma.

Por último, Londres. Si le dijeseis a alguien que durante vuestra estancia en Londres visitasteis el British Museum pero obviasteis la National Gallery y el Tate Modern probablemente os llevaseis una buena torta. Y merecida. No sé que me llevó hasta allí; tal vez esa curiosidad innata acerca de los grandes imperios del pasado (Egipto, Grecia, Roma...). La controversia política, claro, está servida. Porque gran parte del material que descansa en la British Museum, testimonio del paso de aquellos grandes hombres que un día nos precedieron, llegó hasta ahí tras el imperialismo inglés. Esto es, se encontraba en Egipto u otros lugares, y los ingleses le echaron el guante. Los Mármoles de Elgin, la Copa Warren, la Piedra de Rosetta... Quien sepa maravillarse con lo antiguo encontrará en el British Museum un auténtico edén. Pero no cometan mi error: visitenlos todos.

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