EL ÚLTIMO LAPÓN

NATALIA CANO | 09 DE SEPTIEMBRE DE 2013 | LIBROS

El último lapón, Olivier Truc. / DESTINO.
















Hace muchos años, un alemán fascinado por la cultura sami comenzó a reunir tesoros y a aprender de los artesanos samis el arte de trabajar la plata. Décadas después, el resultado es un templo de joyas y cerámicas en la ciudad Kautokeino. A ese museo ha llegado, de manos de un coleccionista francés, un tambor sami. Uno de los pocos que quedan en el mundo, después de que el resto fuera quemado en sucesivas hogueras. Este tambor ha sido robado, ese “cuerpo y alma” del pueblo sami, que se convierte en el símbolo de un nuevo conflicto.

Durante décadas, los pastores suecos, daneses y noruegos nos persiguieron para confiscar y quemar los tambores de los chamanes. Les daban miedo. Imagínese, permitían hablar con los muertos o curar. Quemaron cientos de tambores. Hoy quedan poco más de unos cincuenta en todo el mundo, en museos de Estocolmo y en otros lugares de Europa. O en manos de coleccionistas particulares. Pero no hay ninguno aquí, en nuestra propia tierra. ¿No le parece increíble? Y por fin cuando vuelve ese primer tambor, van y lo roban. ¡Es una provocación!

Un pastor que por muchos era tomado por loco, se creía un chamán, dicen los que se burlan de él. Y otros van más lejos y afirman que era hijo de un incesto, práctica que, según les gusta afirmar a algunos, es habitual en el pueblo sami. Lo cierto es que el sabio –o el loco– Mattis ha sido asesinado y, al parecer, mutilado. El crimen tiene una curiosa particularidad. Cada vez que un pastor se queda con un reno de otro ganadero, para que no se le pueda identificar, le corta las orejas, lugar en el que el animal lleva marcada su procedencia. Pues bien, alguien ha hecho lo mismo con las orejas de Mattis.  

El poli solitario, algo torpe y en parte extranjero –aunque Klemet en el jardín de su casa tiene montada una tienda aborigen hermosamente decorada; tributo a sus orígenes– cuenta con una compañera que le atrae y le desconcierta:

Nina es una joven recién graduada en la escuela de policía de Oslo que, respondiendo a la beca que se le ha otorgado, cumple su primer destino en esas tierras del norte que, para ella, que proviene de un pueblo del sur de Noruega y de una moderna ciudad, son toda una incógnita. Un territorio semidesértico y despoblado. La verdad es que poco entiende de esa sociedad en la que los granjeros ni le contestan ni la toman en serio y ni siquiera, aunque se trate de un interrogatorio policial, le dirigen una mirada (a no ser que decidan dedicarle alguna grosería). Pese a esto –y pese que tampoco acaba de entender a su solitario compañero– su papel en este caso será crucial. Nina viajará a París para investigar el origen de ese tambor y seguirá adelante en esta intriga criminal tan diferente, tan ligada a unos territorios remotos, ajenos a nuestras miradas, pero que allí, entre viejos amigos y enemigos, entre poblados minúsculos en los que todos se conocen desde el día de su nacimiento, cobra una dimensión original, única.

Un policía dolido con el mundo mira de repente a esa joven delgada, que le han asignado.  El frío es inclemente: casi cuarenta grados bajo cero. Sus pestañas se van cubriendo de escarcha, pero ella, y también él, siguen y seguirían investigando esas gentes y esos fascinantes parajes. Laponia, ese lugar aparentemente tranquilo, se revelará como una tierra de conflictos, misterios y odios ancestrales.

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