VAMPIROS HIPSTERS

PEDRO MATEO | 16 DE JUNIO DE 2014 | CRÍTICA














Soledad, nostalgia, decadencia, como era de esperar, Jarmusch prescinde de la estridencia y violencia estándar de los vampiros mainstream para narrar las vidas de estos Bonny & Clyde hemoglobínicos. Ya conocemos de sobra las constantes del cineasta de Ohio, un cineasta insobornable, fiel a sí mismo hasta sus últimas consecuencias. Una personalidad indómita y misteriosa que, al igual que Wes Anderson, vive en un continuum coherente y orgánico en donde cada film es una parte del todo y en donde sus obsesiones, estilo, forma y temas se repiten, a veces hasta la saturación, a veces hasta la exasperación.

Otros iconos cool del cine como Ferrara, Herzog, Alfredson o Park Chan-Wook ya se atrevieron en su día con admirables resultados, ahora es el turno de Jarmusch y de sus criaturas nocturnas, yonquis sedientos de sangre, de música y de literatura, porque para el cineasta, el hecho de que sus protagonistas sean vampiros no es un hándicap, a él le da exactamente igual el género o el subgénero, si le diera por filmar una peli de superhéroes probablemente Hulk estaría leyendo a Kafka y Batman escuchando a Nelil Young. Las referencias pop siempre van a estar ahí, en su cine hay discos y libros a toneladas, sus bandas sonoras y sus guiños literarios son, no sólo una declaración de intenciones, sino en muchas ocasiones una incontestable colección de exquisiteces.

Los vampiros de Jarmusch no duermen en ataúdes ni les repele el ajo, son vampiros de nuestro tiempo, usan iPhone y Skype, se dejan ver por los pubs y tocan la guitarra. De hecho, esto último es muy importante para entender al protagonista, interpretado por Tom Hiddleson, el Loki de Thor, un músico de unos quinientos años de edad que vive cual ermitaño recluido en su decadente micro mansión ahogado en un eterno océano de nihilismo y desesperanza en el que sobrevive gracias a la música, a su música y a la compañía de su milenaria novia a.k.a Tilda Swinton. 

Only Lovers Left Alive es una historia de amor, la estrella de rock y la groupie, el artista y la musa, contada así no parece una gran historia, pero como suele ocurrir con Jarmusch, eso es algo que más o menos nos da un poco igual. Sus vampiros son supervivientes del tiempo, amantes inmortales que se camuflan entre los humanos, a los que ellos llaman “zombies”, zombies atrapados en un loop demasiado parecido al suyo, solo que sin las preocupaciones, angustias y desidias propias del Homo sapiens. Los paisajes musicales de Paganini, Charlie Fathers, Wanda Jackson o SQÜRL, banda liderada por el propio director, esculpen nuestros oídos mientras acompañamos a Adán y Eva en su deambular automovilístico por las calles nocturnas de Detroit, un ruina postindustrial, un paraíso distópico, un skyline abandonado, el sitio perfecto para adentrarse y entender la atmósfera e intenciones de esta inminente cult movie.

Vagabundos aristócratas, dandis chupasangre, outsiders Jarmuschianos en toda regla, románticos, taciturnos, silenciosos, parlanchines. Las gafas Ray-Ban, el humo de un cigarrillo, las crónicas vampíricas del amigo Jim no dejan de ser un autorretrato contextualizado en unos personajes, en un espacio y en una época anacrónica y sempiterna, con seres perdidos y hastiados en un permanente viaje hacia ninguna parte.

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